El culebrón que Torres le armó al radicalismo

La ley de reelecciones indefinidas dejó una herida que va mucho más allá de la Legislatura. El radicalismo entró en una discusión sobre liderazgo, identidad y conducción política. Gustavo Menna quedó defendiendo una posición que buena parte de su propio partido salió a rechazar. Mariela Tamame rompió el silencio en el recinto. Después hablaron Esquel, Rawson y los comités del interior. Ignacio Torres terminó abriendo un frente donde probablemente menos lo esperaba: la principal fuerza política de Despierta Chubut empezó a discutir hacia adentro.
Durante años la Ley Caminoa fue una bandera del radicalismo. No era solamente una norma. Representaba una manera de entender el poder, la alternancia y los límites a la permanencia de los gobiernos. Por eso la discusión de la semana pasada nunca fue exclusivamente jurídica. Tocó una de las identidades históricas de la Unión Cívica Radical y dejó a su conducción en una situación incómoda frente a buena parte de su propia estructura partidaria.
Gustavo Menna eligió sostener una interpretación constitucional desde la Presidencia de la Legislatura. Como presidente de la UCR, esa defensa lo colocó automáticamente en el centro del conflicto. La primera respuesta no llegó desde el peronismo. Llegó desde una banca radical. Mariela Tamame dejó de discutir el articulado y empezó a discutir la conducción del partido. Miró hacia la Presidencia y preguntó por qué la UCR no había hecho lo mismo que el Partido Justicialista: consultar a sus presidentes partidarios antes de fijar posición. En esa misma intervención felicitó a Gustavo Fita y a Emanuel Coliñir por la forma en que el justicialismo había construido su postura política. “Eso es democracia”, resumió.
Aquella intervención terminó siendo el punto de partida de algo mucho más grande. Primero apareció el documento del Comité Departamental de Esquel rechazando la reforma y reivindicando la alternancia como un principio republicano. Después llegaron los diez comités departamentales del interior con un pronunciamiento todavía más duro. Hablaron de una regresión antidemocrática, reivindicaron la Ley Caminoa y le reclamaron a Ignacio Torres que vetara la norma por considerar que rompía con uno de los principios históricos del radicalismo.
La reacción siguió creciendo. El Comité Departamental Rawson también fijó posición. Habló de retroceso institucional, recordó el legado democrático de Raúl Alfonsín y cuestionó que la conducción partidaria no hubiera convocado a los comités departamentales antes de acompañar una reforma de semejante trascendencia. Incluso comparó ese procedimiento con la elaboración del Código Electoral Provincial, construido —según señalaron— con un proceso mucho más participativo.
Hasta ese momento ya no se trataba de una diputada disidente ni de un comité aislado. La discusión empezaba a recorrer la estructura partidaria. Distintos sectores del radicalismo, desde lugares diferentes de la provincia, comenzaron a expresar el mismo malestar. La ley dejó de ocupar el centro de la escena. El debate pasó a ser otro: quién conduce el partido y de qué manera se toman las decisiones políticas.

La reapertura del Comité Radical de Tecka terminó ofreciendo otra imagen de ese momento. Gustavo Menna encabezó la actividad acompañado por el intendente Jorge Seitune y dirigentes de distintos puntos de la cordillera. También estuvo Sergio Guajardo, presidente de la UCR de El Maitén, vicepresidente del Comité Provincia y uno de los referentes del Bloque del Interior. Participó del acto, tomó la palabra y formó parte de la jornada. Horas después, el sector que integra apareció entre quienes impulsaron el documento firmado por los comités del interior reclamando el veto de la ley.
Las fotografías nunca cuentan toda la historia, pero tampoco suelen ser ingenuas. Mientras la conducción provincial intentaba mostrar un radicalismo ordenado alrededor de la reapertura de un comité, el territorio empezaba a construir otra imagen. La discusión ya no estaba encerrada en los pasillos de la Legislatura. Había llegado al corazón del partido.
Torres probablemente imaginó un debate legislativo. Terminó abriendo una discusión partidaria. Y esa discusión tampoco nació el jueves pasado. Las diferencias con Damián Biss ya habían dejado una primera señal cuando Mariela Tamame y Sergio González abandonaron el bloque oficialista. Aquella tensión nunca desapareció. La ley de reelecciones volvió a colocarla en primer plano y sumó un actor que hasta ahora había permanecido en silencio: los comités departamentales.
Mientras todo eso ocurría, el gobernador empezó a hablar del escenario político que viene. Sus declaraciones sobre Javier Milei como “el candidato natural de La Libertad Avanza” alimentaron las versiones sobre un eventual reordenamiento de alianzas de cara al próximo turno electoral. Esa discusión también empezó a recorrer al radicalismo. Si Despierta Chubut continúa ampliando su armado político, inevitablemente volverá a aparecer la pregunta sobre el lugar que ocupará la UCR dentro de esa construcción.
Torres se formó políticamente en una provincia donde las grandes construcciones de poder siempre fueron más amplias que los partidos. Esa lógica hoy vuelve a ponerse en juego. El interrogante ya no es únicamente cómo se amplía una coalición. El interrogante es cuánto está dispuesto a ceder cada uno de los socios que la integran para seguir formando parte de ella.
Menna quedó parado en el centro de esa discusión. No solamente por haber presidido la sesión ni por haber defendido una interpretación jurídica. Quedó allí porque hoy conduce un partido que empezó a discutir públicamente decisiones que hasta hace muy poco resolvía puertas adentro.
Esquel habló. Después habló Rawson. Más tarde llegaron los comités del interior. Ninguna de esas voces coincidió con la posición que había sostenido la conducción provincial de la UCR. En pocos días, la discusión recorrió buena parte de la estructura partidaria y dejó una pregunta que el radicalismo tendrá que responder mucho antes de la próxima elección.
