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Crisis silenciosa: el desempleo empuja al límite la salud mental en la región

Un episodio reciente en Comodoro Rivadavia volvió a encender una alarma que ya no puede leerse como un hecho aislado: el deterioro de la salud mental vinculado directamente a la falta de empleo. Especialistas advierten que la situación no solo se repite, sino que se profundiza con el correr de los meses, en un contexto económico cada vez más inestable.

El caso de un hombre que atravesó una situación extrema sobre un puente expuso una realidad que los profesionales vienen observando en silencio: cambió el perfil de quienes buscan ayuda. Antes predominaban cuadros asociados al estrés laboral; hoy, el eje está puesto en la pérdida del trabajo, la incertidumbre y la imposibilidad de proyectar a futuro. 

“El contexto cambió”, explicó el psicólogo Sebastián Núñez, al señalar que cada vez más personas llegan a consulta atravesadas por el desempleo. La falta de ingresos no solo impacta en lo económico: golpea la autoestima, desarma rutinas y deja a muchos sin una estructura cotidiana que sostenga su vida. 

El dato más preocupante es el crecimiento de situaciones límite. Los intentos de suicidio muestran una tendencia en alza, aunque los especialistas insisten en una lectura clave: no se trata necesariamente de un deseo de morir, sino de una sensación de no tener salida. 

A esto se suma una contradicción que agrava el escenario: mientras aumentan las crisis, bajan las consultas. El motivo es económico. Muchas personas no pueden sostener tratamientos psicológicos o pierden cobertura de salud, por lo que terminan llegando al sistema cuando la situación ya es crítica. 

En paralelo, profesionales de la salud advierten un crecimiento sostenido de trastornos como depresión, ansiedad, consumo problemático y situaciones de violencia, todos asociados a la inestabilidad laboral y la dificultad para cubrir necesidades básicas. 

Lejos de ser un fenómeno puntual, el cuadro refleja una crisis estructural. El trabajo no solo garantiza ingresos: ordena la vida, sostiene vínculos y construye identidad. Cuando eso se rompe, el impacto trasciende lo económico y se vuelve emocional, social y hasta existencial.

Ante este panorama, el sistema público mantiene dispositivos de atención para emergencias en salud mental, con guardias activas en hospitales y líneas telefónicas disponibles. Sin embargo, el desafío ya no es solo asistir en la urgencia, sino intervenir antes de que las situaciones lleguen a ese punto límite.

Porque lo que hoy aparece en escenas extremas no es otra cosa que la manifestación más visible de un problema mucho más profundo: una sociedad donde el trabajo empieza a faltar, y con él, también las certezas.

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