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“Una ‘crotera bárbara’: la rotonda que el municipio no pudo terminar para la Esquila”

Es la frase de cabecera que utiliza el intendente Gustavo Loyaute para describir una escasez que obliga a hacer con lo que hay. En la práctica, esa lógica de resolver sobre la marcha —sin planificación técnica ni un sistema de riego asegurado— terminó exponiendo el otro lado del problema: en el intento de avanzar igual, se movieron recursos, se montaron soluciones parciales y se repitieron tareas, pero el resultado fue una obra que no se sostuvo y terminó demandando más de lo que podía sostenerse.

Hoy tenemos para contarle una historia que nace a partir de la parquización de la rotonda de la Ruta Nacional 40, pensada como una de las postales de ingreso para el Festival Nacional de la Esquila edición 2026, que al final quedó a mitad de camino. Hubo trabajo, recursos y un intento concreto, pero también una base frágil desde el inicio: el riego nunca fue un sistema autónomo, sino una operatoria manual que dependía completamente de la presencia constante de personal municipal.

Desde el arranque, el esquema funcionó de esa manera. El riego se realizaba con un camión tanque que debía cargarse, trasladarse hasta la rotonda y conectarse a la red de aspersores. La operatoria implicaba al menos dos o tres personas de forma permanente: una para la carga de agua, otra para el traslado y otra para la conexión y supervisión del riego. Cada carga demandaba cerca de una hora, y el procedimiento se repetía dos veces por día, por la mañana y por la tarde.

En ese mismo esquema, el camión no solo transportaba el agua, sino que también se utilizaba como fuente directa del sistema. Una vez en el lugar, se le acoplaba una bomba para presurizar el agua y alimentar los aspersores. El camión permanecía entre dos y tres horas en la rotonda mientras se realizaba el riego, con los operarios esperando a que se descargara completamente el tanque para luego repetir el procedimiento más tarde.

Era, en los hechos, un sistema intensivo, demandante y sin margen de interrupción. No estaba pensado para sostenerse en el tiempo bajo esas condiciones.

El proyecto había comenzado en noviembre de 2025 con el movimiento de suelo, nivelación y acondicionamiento del terreno, incorporando piedra triturada y arena para generar una base apta para la siembra. Luego se instalaron mangueras en forma circular con aspersores, se armaron canteros y se sembró césped, con la idea de sumar rosales y consolidar un espacio verde en un punto estratégico de acceso a la localidad.

Mientras el riego se sostuvo, el proceso avanzó. El quiebre llegó en el peor momento. Las fiestas de fin de año coincidieron con una secuencia de asuetos y fines de semana largos que interrumpieron la continuidad del trabajo: el 24 y el 25 de diciembre, sumados al feriado puente y el fin de semana, y luego el 31 y el 1° de enero. En un sistema que dependía exclusivamente de la presencia diaria de personal, ese parate fue determinante. A eso se sumaron jornadas de viento intenso.

Cuando en enero se intentó retomar la tarea, ya no había nada que sostener: las semillas se habían volado, la arena también, y lo único que quedó fueron las piedras más pesadas que el viento no pudo arrastrar.

A ese escenario se sumó un cambio de prioridades. Tras las fiestas, la Municipalidad de Río Mayo concentró sus esfuerzos en poner en condiciones el predio del Festival Nacional de la Esquila. El recurso humano dejó de alcanzar para sostener ambas tareas al mismo tiempo y la rotonda quedó sin continuidad operativa.

A partir de ahí, el abandono fue progresivo. Lo que quedó a la vista es el sistema montado sin uso: mangueras expuestas al sol, aspersores instalados pero sin funcionamiento y un terreno que nunca logró consolidar cobertura vegetal. La zona se mantiene limpia de maleza, pero sin el verde que se había proyectado.

En el intento por sostener el proyecto, incluso se desarmaron otros espacios. Aspersores que estaban instalados en el parque de la oficina de Turismo fueron retirados para colocarlos en la rotonda. También se trasladaron recursos desde otro sector municipal: el tanque de agua ubicado detrás del gimnasio municipal Malvinas Argentinas —previsto originalmente como reservorio para una cancha de fútbol de césped natural con riego por aspersión subterráneo— fue retirado de ese lugar y reubicado en la rotonda, con la intención de utilizarlo como fuente de abastecimiento.

Ese sector había contado con una infraestructura completa de riego, en torno a una cancha que fue inaugurada con césped natural y que con el tiempo, por falta de mantenimiento, quedó en desuso. Desde ese mismo lugar se retiró el tanque, para lo cual fue necesario intervenir la estructura en la que se encontraba, desmontando parte del techo para poder extraerlo y trasladarlo.

Junto a ese traslado, se construyó una pequeña garita de material, con techo de chapa, ubicada a un costado del tanque, pensada para resguardar la bomba que debía alimentar el sistema de riego. La instalación quedó montada, pero el sistema nunca llegó a funcionar como estaba previsto.

A partir de ese esquema, se intentó incorporar una bomba, pero ahí apareció otra limitación. No cualquier equipo sirve para este tipo de sistema. Se necesita una bomba que pueda, por un lado, elevar el agua —venciendo la altura y la distancia desde la fuente— y, por otro, impulsarla con la presión suficiente para alimentar todos los aspersores al mismo tiempo. Eso se calcula en función del caudal, la cantidad de salidas, la distancia y la distribución del sistema. En este caso, la bomba no tenía la capacidad necesaria para cumplir con esas condiciones.

Ese tipo de cálculo no es menor y requiere intervención de personal especializado en riego o planificación de espacios verdes. Sin ese diseño previo, el sistema queda librado a la prueba y error. Y en un contexto como el de Río Mayo, donde el viento exige mantener humedad constante en el suelo para que la semilla no se vuele, esa diferencia termina siendo determinante.

La lógica que aparece detrás de todo el proceso es la de mover recursos disponibles de un lugar a otro para intentar sostener distintas intervenciones sin terminar de consolidar ninguna.

En el transporte —un ámbito que el propio intendente conoce— es habitual, en contextos ajustados, estirar la vida útil de los recursos: una cubierta que ya no sirve para la tracción puede pasar a otro eje o al acoplado, donde el desgaste es menor, para aprovecharla hasta el final. No ocurre en todos los casos, pero es una práctica conocida. En este caso, la imagen funciona como metáfora: chapas que se desmontan, un tanque que cambia de lugar, aspersores que se trasladan. Recursos que se reutilizan, pero que no alcanzan para cerrar una obra.

A eso se suma un problema de base que no fue contemplado. La rotonda tiene una pendiente hacia su interior, lo que hace que el agua que escurre desde la cinta asfáltica termine acumulándose en ese sector. Durante el invierno, la Ruta Nacional 40 es tratada con sal para evitar la formación de hielo, y esa solución salina escurre directamente hacia la rotonda. Sin un sistema de drenaje o contención —como resumideros—, ese componente termina afectando cualquier intento de parquización, quemando el césped y dificultando el desarrollo de vegetación.

También hay un condicionante que no puede ignorarse. Parquizar en Río Mayo no es sencillo. El viento constante, la baja humedad y las temperaturas extremas hacen que cualquier intento de generar espacios verdes requiera planificación y continuidad. En ese contexto, el agua es el factor determinante.

En varios sectores de la localidad, el riego se sigue resolviendo de manera manual, dependiendo de la disponibilidad de movilidad y de personal para trasladar el agua. Es un esquema que puede funcionar de manera puntual, pero difícil de sostener en el tiempo.

Ahí aparece la diferencia entre planificación e improvisación. Antes de sembrar, el paso central es definir cómo se va a regar. Sin un sistema garantizado, cualquier intento queda condicionado desde el inicio. En un entorno donde el viento predomina gran parte del año, la humedad del suelo es lo que permite contener la semilla y sostener el crecimiento.

Esta lógica parece repetirse. En los últimos días también se registró un movimiento en la misma línea. Árboles que habían sido adquiridos por el área de Turismo para el parque de la oficina de informes —y que en algunos casos ya estaban plantados desde la primavera— fueron retirados y reubicados en una plaza de la localidad. Según señalaron testigos, la decisión se tomó luego de que el intendente no quedara conforme con la disposición original.

Una dinámica que, en términos simples, vuelve a reflejar la lógica de “desvestir un santo para vestir otro”: recursos que se trasladan de un lugar a otro en un intento por resolver distintas necesidades, sin lograr consolidar ninguna de manera definitiva.

En palabras del propio jefe comunal, una “crotera bárbara” que, en los hechos, empieza a hacerse visible en cada intento que no logra sostenerse en el tiempo.

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