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Palantir: la empresa que dejó de vender software y empezó a jugar en la geopolítica

Nació vinculada al mundo de la inteligencia estadounidense, trabaja con organismos de defensa y seguridad y hoy es señalada como una de las compañías con mayor capacidad para influir en decisiones estratégicas. Su crecimiento alimenta un debate que trasciende la tecnología: quién tiene realmente el control de los datos.

Durante años, Palantir fue para la mayoría una empresa desconocida. No fabricaba teléfonos, no tenía redes sociales ni aparecía en la vida cotidiana de millones de personas como Google, Meta o Microsoft. Sin embargo, mientras otras compañías conquistaban consumidores, Palantir construía algo mucho más silencioso: relaciones con agencias de inteligencia, fuerzas armadas, organismos de seguridad y gobiernos.

La empresa fue fundada en 2003 con apoyo financiero de In-Q-Tel, el fondo de inversión creado por la CIA para impulsar desarrollos tecnológicos considerados estratégicos. Desde entonces se especializó en una tarea tan simple de explicar como compleja de ejecutar: reunir información dispersa, cruzarla y transformarla en inteligencia útil para quienes toman decisiones.

Su nombre comenzó a aparecer con más frecuencia a medida que crecían sus contratos con organismos estadounidenses. Sistemas utilizados para inteligencia militar, control fronterizo, investigaciones criminales y análisis de grandes volúmenes de datos fueron ampliando su presencia dentro de la estructura estatal norteamericana.

Pero el crecimiento vino acompañado de cuestionamientos. Organizaciones de derechos civiles denunciaron que algunas de sus herramientas fueron utilizadas en programas de vigilancia y control migratorio. La empresa rechaza esas críticas y sostiene que la responsabilidad sobre el uso de la información corresponde a los organismos que la contratan. El debate, lejos de cerrarse, sigue abierto.

Lo que preocupa a muchos analistas no es solamente la tecnología. La discusión pasa por otra parte. Hace algunas décadas los servicios de inteligencia dependían exclusivamente de los Estados. Hoy buena parte de las capacidades técnicas necesarias para procesar información estratégica están en manos de empresas privadas.

En ese escenario, Palantir ocupa un lugar particular. No vende un producto masivo. Vende capacidad de análisis, integración de datos y herramientas para comprender escenarios complejos. Sus clientes no buscan entretenimiento ni publicidad. Buscan información para tomar decisiones.

Por eso la reciente visita a la Argentina de Peter Thiel, uno de los fundadores de la compañía, no pasó inadvertida. El encuentro con el presidente Javier Milei alimentó interrogantes sobre el interés de sectores tecnológicos internacionales en el país y sobre el papel que podrían desempeñar estas empresas en el futuro.

No existen anuncios oficiales que indiquen acuerdos concretos entre Palantir y el Estado argentino. Sin embargo, la discusión trasciende cualquier contrato puntual. El verdadero interrogante es hasta qué punto los gobiernos del siglo XXI pueden desarrollar políticas de seguridad, defensa, inteligencia o gestión pública sin depender de corporaciones que poseen capacidades tecnológicas que antes estaban reservadas exclusivamente al Estado.

La historia demuestra que los grandes cambios de poder rara vez llegan haciendo ruido. A veces aparecen bajo la forma de una innovación tecnológica. Otras veces detrás de una plataforma capaz de reunir millones de datos en segundos. Y cuando el debate finalmente llega a la opinión pública, muchas veces el proceso ya lleva años en marcha.

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