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Balochi – Bowen y el difícil arte de jugar a dos puntas

En las fotos de fútbol, los delanteros suelen agacharse adelante. Es una vieja costumbre. Son los que buscan el gol, los que quieren ser vistos y los que intentan transmitir que el partido pasa por ellos. La fotografía que dejó la reciente reunión del peronismo en Buenos Aires parece responder a esa misma lógica. Pero la imagen tiene un detalle adicional. En los extremos de la primera fila aparecen Dante Bowen y Sebastián Balochi. Uno a la izquierda. El otro a la derecha. Como dos contrapesos de una misma construcción política que busca volver a ponerse en marcha. Dos dirigentes que pretenden ocupar un lugar protagónico en la discusión sobre el futuro del peronismo chubutense.

La composición parece cuidadosamente equilibrada. Dos dirigentes que durante años construyeron sus propios recorridos políticos. Dos dirigentes que hablaron de renovación. Dos dirigentes que intentaron proyectarse más allá de sus territorios. Dos dirigentes que, por distintos caminos, terminaron acumulando tensiones con sectores importantes del propio peronismo. Y quizás allí radique la principal paradoja de la fotografía. Porque más allá de las diferencias de estilo, de edad o de trayectoria, Bowen y Balochi comparten algo que hoy resulta imposible de ignorar: ambos representan una parte de las contradicciones que llevaron al peronismo chubutense hasta este presente.

La imagen busca transmitir equilibrio, pero también deja al descubierto una historia de desencuentros, especulaciones y proyectos personales que muchas veces avanzaron más rápido que la construcción colectiva que decían representar. Por eso la foto pretende mostrar un punto de llegada, aunque para muchos militantes funciona más bien como un recordatorio del camino que llevó al justicialismo hasta su situación actual.

En el caso de Sebastián Balochi, la contradicción resulta evidente. Durante gran parte de su carrera política fue uno de los dirigentes territoriales más importantes del justicialismo en el sur provincial. Construyó poder, ganó elecciones y consolidó una estructura política con influencia en Sarmiento. Sin embargo, los últimos años estuvieron marcados por una serie de movimientos que terminaron generando distancia con sectores importantes del propio peronismo.

No es un secreto dentro del justicialismo que la relación entre Balochi y Juan Pablo Luque quedó dañada hace tiempo. Muchos dirigentes todavía recuerdan la interna que enfrentó a Luque con Dante Bowen. Aquella elección dejó mucho más que un resultado. Dejó desconfianza. Las internas abiertas permitieron la participación de sectores que excedían al peronismo y todavía hoy hay quienes recuerdan cómo dirigentes, operadores y estructuras políticas vinculadas a otros espacios terminaron teniendo un protagonismo llamativo en una disputa que debía resolver el liderazgo del justicialismo.

Aquella interna no fortaleció al peronismo. Lo desgastó. Lo fragmentó. Lo obligó a consumir energías en una pelea interna mientras el escenario político provincial cambiaba aceleradamente. Y aunque cada dirigente tiene su propia lectura de aquellos hechos, las consecuencias todavía permanecen. Lo que debía ordenar terminó profundizando diferencias. Lo que debía fortalecer una conducción terminó dejando heridas que siguen abiertas hasta hoy.

La historia continuó en 2023. Mientras el peronismo intentaba retener la gobernación con Juan Pablo Luque como candidato, Balochi eligió administrar sus propios movimientos políticos. El resultado fue contundente. El justicialismo perdió la provincia y perdió también en Sarmiento, una ciudad gobernada por uno de sus principales referentes. Para muchos militantes, aquella derrota terminó consolidando una sospecha que venía creciendo desde hacía tiempo: que algunos dirigentes estaban más preocupados por preservar su propio futuro político que por defender una candidatura colectiva.

Pero Balochi no es el único nombre que obliga a mirar la fotografía con atención. Allí también aparece Dante Bowen. Y alrededor de Bowen existe una discusión similar, aunque por motivos distintos. Durante años construyó su perfil político dentro del peronismo y disputó espacios de poder bajo esa bandera. Sin embargo, cuando llegó el momento de acompañar al candidato que había ganado la interna, muchos dirigentes sintieron que el compromiso no tuvo la misma intensidad que había mostrado durante la competencia interna.

Es una historia que el peronismo conoce demasiado bien. Dirigentes que reclaman acompañamiento cuando son candidatos, pero que cuando les toca acompañar descubren mil razones para tomar distancia. Después de la disputa interna llegó el momento de respaldar una candidatura común, pero muchos dirigentes eligieron administrar su capital político antes que ponerlo al servicio de una construcción colectiva.

El problema es que la política termina mostrando los resultados. Juan Pablo Luque perdió la gobernación. Perdió incluso en localidades gobernadas por dirigentes peronistas. Y más tarde volvió a encontrarse con respaldos moderados cuando le tocó encabezar otros desafíos electorales. Las explicaciones pueden ser muchas. El resultado fue uno solo: el peronismo terminó pagando el costo de sus propias divisiones.

Bowen tampoco parece haber encontrado todavía una definición política completamente clara. Quienes siguen de cerca sus recorridas por la provincia habrán notado un detalle que no pasa desapercibido. Habla de renovación, de nuevos liderazgos, de construcción política y de futuro. Pero cada vez habla menos de peronismo. La paradoja es evidente. Mientras una parte de la dirigencia intenta reconstruir una identidad partidaria después de años de derrotas, algunos de los dirigentes que aparecen en la foto parecen sentirse más cómodos hablando de otra cosa.

Esa característica tampoco es exclusiva de Bowen. También aparece en el recorrido reciente de Balochi. De hecho, la fotografía de Buenos Aires no es el primer intento de ambos por mostrarse como parte de una construcción política con aspiraciones provinciales. Meses antes, en noviembre de 2025, Balochi, Bowen y Cano Ingram aparecían reunidos hablando de renovación, de nuevos liderazgos, de una construcción superadora y de una agenda política distinta para Chubut.

Había un detalle llamativo en aquella reunión. El concepto central no era el peronismo. La palabra repetida era otra: renovación. Hablaron de futuro, de desarrollo, de nuevas miradas y de nuevas construcciones. Todo legítimo dentro de cualquier discusión política. Pero el peronismo aparecía más como una referencia secundaria que como el eje principal de la propuesta.

Hablar de renovación no tiene nada de malo. El problema aparece cuando quienes impulsan esa renovación vuelven a presentarse tiempo después como los encargados de reconstruir aquello que hasta hacía poco parecía haber quedado en un segundo plano. Por eso la foto actual genera preguntas inevitables. ¿Qué cambió entre aquella mesa de noviembre y esta fotografía de unidad partidaria? ¿Cambió el proyecto político? ¿Cambió la lectura del escenario? ¿O simplemente cambió la necesidad de pertenecer a una estructura que todavía conserva peso territorial, volumen electoral y presencia institucional?

Hace algunos días, un viejo dirigente peronista resumía esa contradicción con una frase tan antigua como vigente. Citaba a Groucho Marx y se reía antes de terminarla: “Estos son mis principios. Y si no le gustan, tengo otros”. La ironía provoca una sonrisa, pero también describe una práctica política demasiado frecuente. Dirigentes que un día hablan de renovación, al siguiente de reconstrucción partidaria, después de transversalidad y más tarde de unidad. Las palabras cambian según el escenario. Lo que rara vez cambia es la necesidad de seguir ocupando un lugar dentro del tablero.

En el caso de Balochi, la respuesta parece estar vinculada a una necesidad cada vez más evidente. El final de un ciclo político obliga a encontrar una nueva pertenencia. El vecinalismo demostró que puede derrotarlo electoralmente. La sucesión comenzó a caminar sola dentro de su propio espacio. Y el oficialismo provincial tampoco ofrece certezas sobre el futuro. Por eso cada fotografía, cada reunión y cada gesto adquieren un significado que excede largamente el de una simple reunión partidaria.

Como si el tablero no fuera ya lo suficientemente complejo, también comenzaron a aparecer los anticipos de una eventual candidatura provincial para 2027. En distintos espacios empezó a instalarse la idea de un Sebastián Balochi recorriendo Chubut con aspiraciones mayores. La política provincial está llena de estos movimientos preliminares. Algunas veces funcionan como una demostración de fuerza. Otras como una forma de medir volumen político. Y muchas veces como una herramienta de negociación.

Porque existe una vieja práctica en la política argentina. Anunciarse para algo grande suele ser una manera de sentarse a negociar algo más pequeño. Un viejo operador político probablemente lo resumiría con crudeza: “dejá de joder, te damos un lugar y bajate”. La frase puede sonar brutal, pero refleja una lógica conocida en cualquier armado electoral. El problema es que cuando las candidaturas se convierten únicamente en instrumentos de negociación, la discusión deja de ser sobre proyectos y pasa a ser sobre destinos personales.

Esa necesidad de mantener abiertas todas las puertas posibles también quedó expuesta durante la elección municipal de medio término para concejales. Allí Balochi intentó construir una ingeniería política destinada a contener todos los frentes abiertos al mismo tiempo. Debía respetar compromisos con la UOCRA, sostener a sus dirigentes de confianza, evitar rupturas internas y mantener abiertos los canales con el oficialismo provincial.

La negociación fue compleja. La UOCRA reclamó el cumplimiento de un acuerdo político que venía de la elección anterior y que le garantizaba encabezar la lista oficialista en la próxima renovación legislativa. Según distintas reconstrucciones de aquellos días, el esquema original imaginado por Balochi era otro. La intención era que Carlos Camargo, por entonces secretario de Obras Públicas y uno de los hombres de confianza del oficialismo, ocupara el primer lugar de la boleta.

La presión política terminó modificando esos planes. La UOCRA hizo valer el compromiso asumido y Reyes terminó encabezando la lista. Detrás quedó Francisco “Quico” Jaramillo, otro dirigente estrechamente vinculado al esquema político del intendente. El problema era que la resolución del conflicto con la UOCRA abría inmediatamente otro frente: qué hacer con Camargo, que hasta entonces aparecía como la principal apuesta del oficialismo para liderar la propuesta electoral.

Fue allí donde apareció una de las jugadas más comentadas de aquella elección. Camargo dejó el Ejecutivo municipal y terminó encabezando la lista de Despierta Chubut. Lo que inicialmente parecía una derrota interna para el sector que impulsaba su candidatura terminó encontrando una salida alternativa por fuera de la boleta oficialista.

La consecuencia política fue inmediata. El oficialismo llegaba a la elección con dirigentes propios distribuidos en distintos espacios. Algunos permanecían dentro de la propuesta justicialista. Otros aparecían vinculados a la lista del gobernador Ignacio Torres. Más que una disputa convencional entre espacios políticos, la elección comenzó a ser observada por muchos actores locales como una estrategia destinada a conservar presencia e influencia cualquiera fuera el resultado final.

La apuesta parecía brillante. Si ganaba la lista oficialista, Balochi conservaba el control político. Si crecía Despierta Chubut, también tendría dirigentes propios ocupando espacios de representación. Era una estrategia diseñada para cubrir todos los escenarios posibles. Pero la política tiene una costumbre incómoda: los votantes suelen arruinar los planes demasiado perfectos.

Mientras el oficialismo repartía dirigentes entre distintas listas, Alternativa Vecinal construía una propuesta política reconocible y lograba interpretar un clima social que el poder ya no parecía registrar. El resultado fue contundente. El vecinalismo ganó la elección y alteró un equilibrio político que durante años había favorecido al oficialismo.

Lo que pretendía ser una demostración de fuerza terminó transformándose en una demostración de desgaste. La estrategia de jugar en todos los tableros no amplió el poder de Balochi. Lo fragmentó. La búsqueda de acuerdos simultáneos con todos los sectores terminó generando la sensación de que el oficialismo ya no tenía un rumbo político claro. Quiso rodear al vecinalismo y terminó fortaleciéndolo. La jugada que pretendía garantizar presencia en todos los espacios terminó convirtiéndose en un tiro en el pie.

Las consecuencias fueron más allá de las urnas. La disputa por la presidencia del Concejo Deliberante terminó judicializada y abrió una crisis institucional que mantuvo durante meses paralizado el funcionamiento del cuerpo legislativo. La oposición sostenía que la presidencia correspondía a la fuerza ganadora. El oficialismo defendió otra interpretación basada en la Carta Orgánica. La discusión terminó en los tribunales y dejó expuesta una realidad que hasta entonces muchos se negaban a reconocer: el sistema político construido alrededor de Balochi ya no tenía la capacidad de ordenar la política local como lo había hecho durante años.

Con el tiempo, incluso algunas de las piezas centrales de aquella estrategia comenzaron a desarmarse. Camargo, que había dejado la Secretaría de Obras Públicas para encabezar la propuesta de Despierta Chubut, terminó renunciando a su banca de concejal. La candidatura que había sido presentada como una pieza importante de aquella ingeniería electoral terminó convirtiéndose en una experiencia breve y sin continuidad política.

Por eso la fotografía de Buenos Aires tiene un significado que va mucho más allá de una reunión partidaria. No muestra solamente a dirigentes reunidos alrededor de una mesa política. Muestra a dirigentes que intentan reconstruir una pertenencia en un peronismo que todavía no terminó de resolver sus propias contradicciones.

La foto intenta transmitir unidad. Intenta transmitir futuro. Intenta mostrar una delantera lista para disputar el próximo partido. Pero la militancia también tiene memoria. Recuerda quiénes estuvieron cuando había que competir y quiénes estuvieron cuando había que acompañar. Recuerda quiénes pidieron respaldo cuando les tocó encabezar y quiénes administraron silencios cuando les tocó respaldar a otros.

Por eso, antes de hablar de reconstrucción, muchos de los dirigentes que hoy vuelven a mostrarse juntos deberían animarse a una autocrítica que todavía no llegó. Porque las fotografías pueden servir para tapar diferencias, pero no para borrarlas. Pueden funcionar como un mantel blanco sobre una mesa desordenada. Lo que no pueden hacer es ocultar lo que ocurrió debajo durante los últimos años.

El peronismo no llegó a esta situación únicamente por la fortaleza de sus adversarios. También llegó por las conductas de dirigentes que muchas veces pusieron sus intereses personales por encima de los intereses colectivos. Dirigentes que reclamaron acompañamiento cuando fueron candidatos, pero que se volvieron prudentes cuando les tocó acompañar a otros. Dirigentes que se abrazaron en los actos, pero que jugaron con tibieza cuando llegó la hora de defender una candidatura común.

Antes de pensar en una reconstrucción, quienes protagonizaron ese proceso deberían tener la honestidad política de reconocerlo. Porque no alcanza con volver a sacarse una foto juntos. No alcanza con hablar de unidad. No alcanza con declararse renovadores. La reconstrucción de cualquier fuerza política empieza por reconocer los errores propios.

Y tal vez la autocrítica más incómoda sea admitir que buena parte de la fragmentación del peronismo no nació afuera del partido. Nació adentro. Nació en la especulación permanente. Nació en las candidaturas construidas alrededor de proyectos personales. Nació en la obsesión por permanecer cerca de las mieles del poder aun cuando eso significara debilitar la construcción colectiva.

En las fotos de fútbol, los delanteros siempre ocupan la primera fila. Son los que aparecen más cerca de la cámara y los que parecen llamados a definir el partido. La fotografía de Buenos Aires muestra exactamente eso. Bowen a un lado. Balochi al otro. Los dos adelante. Los dos en posición de protagonismo. Sin embargo, la política no se juega en las fotos. Se juega en las decisiones que se toman cuando nadie está mirando, en las internas, cuando hay que acompañar y cuando los intereses personales entran en conflicto con los intereses colectivos. Y es precisamente allí donde una parte importante de la militancia todavía espera respuestas.

Porque las fotografías pueden mostrar unidad. Pueden servir para enviar señales políticas, para transmitir una idea de reconstrucción o para exhibir una voluntad de encuentro. Lo que no pueden hacer es reemplazar la memoria política ni borrar las responsabilidades de quienes ayudaron a construir el escenario que hoy dicen querer reconstruir. Antes de hablar de renovación, de futuro o de nuevas mayorías, tal vez el primer paso sea reconocer los errores propios. De lo contrario, la foto será apenas una foto más. Y el peronismo seguirá discutiendo cómo reconstruirse con algunos de los mismos dirigentes que contribuyeron a llevarlo hasta este punto.

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