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Del Deportivo Pueyrredón al Club Social y Deportivo Río Mayo: la historia del lugar donde un pueblo aprendió a reunirse

La historia del Club Social y Deportivo Río Mayo no empieza con el fútbol. Empieza con una necesidad más profunda: la de tener un lugar donde encontrarse. En 1937 nace como Deportivo Pueyrredón, en sintonía con la Biblioteca de la Escuela N°72, y en 1940 adopta su nombre actual. Cuatro años después, el 22 de marzo de 1944, queda formalmente inaugurado bajo la presidencia de Don Faustino Lestón, acompañado por vecinos que no solo fundaron una institución, sino que levantaron un espacio comunitario en un contexto donde todo estaba por hacerse.

Ese origen también está en sus materiales. El edificio fue construido con ladrillos del horno de Millanao y su techo con madera traída desde el aserradero de Acinas por Don Juan Muñoz. No era una obra más: era el resultado de un esfuerzo colectivo, de un pueblo que se organizaba para construir lo propio. Durante décadas, su salón —el más grande de la localidad— fue el centro de la vida social, cultural e institucional. Allí se hacían bailes, carnavales, actos escolares, celebraciones del Día de la Madre, reuniones políticas y encuentros que definían la dinámica del pueblo.

El club como corazón social y cultural

El cine fue uno de los pilares de esa vida comunitaria. En tiempos donde no había televisión y apenas algunos habían tenido contacto con películas en formato Super 8 en las escuelas, el club ofrecía una experiencia que marcó a generaciones. El vecino Ulises Pereda lo recuerda con claridad: “Nosotros en nuestra niñez, al no haber televisión, el furor era ir a mirar cine al club. Fue el primer cine de la zona. Había dos funciones y en las dos se llenaba. Todo Río Mayo iba”. Las proyecciones se realizaban desde la parte trasera del salón, con butacas de madera colmadas, mientras afuera las calles permanecían a media luz. Adentro, la comunidad compartía una experiencia que en muchos casos era el primer contacto con la pantalla grande.

“Pasaban películas de todo tipo. Charles Bronson, El búfalo blanco, películas de terror, de guerra… era el centro de atención”, recuerda. Ese mismo cine fue escenario de uno de los momentos más recordados: la proyección del Mundial 78. “Habían pasado casi dos meses, pero cuando vimos los goles, la gente gritaba como si fuera en vivo. Y al final todos aplaudían. Ahí conocimos a Kempes, a Luque, a Tarantini”. El club no solo proyectaba imágenes: acercaba el mundo a Río Mayo.

El teatro también tuvo su lugar. Desde Comodoro Rivadavia llegaban compañías como la de Alfredo Sahdi y Jorge Edelman, que presentaban obras como Juan Moreira y El Tijereta Vizcacha. Las cortinas se abrían, el salón quedaba en silencio y comenzaba la función. “Los chicos se asustaban con los disparos, pero nadie se lo perdía”, recuerdan. Ese mismo escenario, que durante años fue punto de encuentro cultural de la región, también recibió a artistas de todo el país. Pasaron por Río Mayo figuras como Sergio Denis, Horacio Guarany, Ramona Galarza, Las Voces de Orán, Argentino Luna, Los Cumpas y Los Cuatro de Córdoba, consolidando al club como un punto de referencia cultural en la región.

Con el tiempo, el club dejó de ser solo receptor y comenzó a generar su propia cultura. Allí nació uno de los primeros ballets de Río Mayo, impulsado por Luis Mansilla e integrado por jóvenes como Walter Andrade, Mirian Pujato, Javier Mansilla, Horacio Avendaño, Mónica Abarzúa y Quique Romero, entre otros, marcando una etapa en la que el escenario se convirtió también en un espacio de producción cultural local.

El club también tuvo un rol determinante en la construcción de las tradiciones que hoy identifican a Río Mayo. A través de una subcomisión de festejos, la institución impulsó durante años la organización del desfile criollo, una de las expresiones más representativas de la identidad local. Ese desfile no solo convocaba a vecinos y agrupaciones, sino que con el tiempo se integró como parte del entramado cultural que luego daría forma al Festival Nacional de la Esquila. En sus inicios, el festival tuvo un fuerte vínculo con el club, ya que desde esa subcomisión se generaron las primeras iniciativas organizativas que terminarían consolidando una celebración que hoy trasciende lo local y forma parte del calendario nacional.

Mientras tanto, el predio tenía vida propia y ofrecía múltiples actividades. Además del fútbol, el boxeo, el karting y los eventos sociales, el amplio espacio del club permitió el desarrollo de otras disciplinas que también quedaron en la memoria de los vecinos. Durante distintos períodos se organizaron pruebas de atletismo y competencias de motociclismo, aprovechando la extensión del predio y su capacidad para adaptarse a distintas prácticas deportivas.

En esos mismos años llegó la radio. Entre 1981 y 1982, Radio Nacional comenzó a emitir desde Río Mayo y encontró en el club su escenario natural. Las veladas de boxeo, que convocaban multitudes, fueron de los primeros eventos transmitidos. “Transmitían desde el borde del ringside y después desde un balcón arriba del cine. Se hacía por teléfono, pero llegaba igual”, recuerdan. La radio también acompañó el crecimiento del karting, que pasó de un circuito improvisado a un kartódromo asfaltado que convocaba corredores de toda la región.

Ese desarrollo no fue casual. El vecino Nelson ‘Lalo’ Muñoz aporta una mirada desde adentro: “Había subcomisiones. Nosotros trabajábamos en el catering, atendíamos el bufé, hacíamos de mozos. Para el Día de la Madre venían artistas. Todo se hacía a pulmón”. En ese entramado comunitario, también fue clave el rol de las mujeres. “Nely Canteli hizo todas las banderas del karting a mano: las de largada, de llegada, las señalizaciones… todo lo necesario para las carreras”. El kartódromo fue uno de los grandes logros colectivos, construido con el aporte de vecinos, camiones, maquinaria de Vialidad y apoyo municipal, aunque con el tiempo también se convirtió en uno de los espacios que más se lamenta haber perdido.

Del peladero a la cancha de césped: identidad, esfuerzo y proyección

El club era organización, esfuerzo y comunidad, pero también era fútbol. El vecino Juan Alarcón lo vivió desde adentro: “La cancha era un peladero, una pampadura con piedras. Cuando te caías te pelabas todo. Ahí aprendimos a jugar”. Con el tiempo, ese fútbol se volvió competitivo. “Se armó el equipo del Tony y le ganamos una final al club. Eso era una consagración, porque el club tenía un equipazo”.

Alarcón jugaba de número 5 y recuerda una época de gran nivel: “Jugaban muchos de Gendarmería y del Ejército. Había jugadores muy buenos”. También destaca el crecimiento del club: “Después me tocó jugar en Primera. Había jugadores como Patingo Valdés, el Negro Fri, el Cholo Avellaneda, Peka González, César González, Omar González, Raúl Oliva, Guillermo y Rafael Ardao… era un gran equipo”.

Durante esos años, el crecimiento del club también estuvo marcado por decisiones dirigenciales que apuntaban a transformar la institución. En ese camino, Sergio y Ricardo Barrio tuvieron un rol determinante al impulsar la construcción de la cancha de césped natural, inaugurada en 1989. No se trató de una obra simple: implicó un enorme movimiento de suelo, la extracción y nivelación del terreno, el aporte de nuevas capas de tierra y la construcción de un sistema de drenaje para evitar la acumulación de agua.

Los testimonios coinciden en la magnitud de ese trabajo. Se utilizaron maquinarias de Vialidad, recursos municipales y el aporte constante de vecinos que pusieron camiones, herramientas y tiempo. Fue una obra mancomunada, sostenida por la convicción de que el club debía dar un salto de calidad. En una región donde predominaban las canchas de tierra y piedra, Río Mayo pasó a tener una cancha de once de césped natural de grandes dimensiones, única en su tipo en toda la zona en ese momento.

Esa transformación no solo elevó el nivel deportivo, sino que posicionó al club como referencia regional. Equipos de distintas localidades llegaban a jugar en condiciones que no eran habituales en el interior. Con el paso del tiempo, el contexto cambió y aparecieron nuevas superficies, pero el club mantiene hasta hoy esa cancha histórica de césped natural, como símbolo de una época de trabajo colectivo y visión institucional.

El recuerdo también llega desde quienes lo vivieron como espectadores. El vecino Tito Ávalos lo sintetiza con claridad: “Venían equipos de Gobernador Costa, Río Senguer, Ricardo Rojas, Sarmiento… eran torneos muy lindos, con mucha hinchada. Iba todo el pueblo”. Y refuerza una idea que atraviesa toda la historia del club: “Se usaba para todo. Boxeo, circo, cantantes, teatro… y el cine. Era el lugar donde iba la gente”.

Sin embargo, durante décadas existió una contradicción: el club tenía jugadores, historia e infraestructura, pero no competencia oficial. Se intentó ingresar a ligas como la de Comodoro Rivadavia, pero siempre aparecía el mismo obstáculo: la distancia y los costos. Esa limitación marcó a generaciones que, aun con nivel, no podían sostener una competencia regular.

A pesar de eso, el club nunca dejó de estar vivo. Fotos, documentos y testimonios muestran generaciones que sostuvieron la institución incluso en los momentos más difíciles. Porque también hubo caídas. La aparición de nuevos espacios, el desgaste institucional y la falta de competencia formal lo llevaron a etapas de abandono. “Hubo momentos donde quedaban dos personas cuidándolo”, recuerdan.

El resurgimiento comenzó en 2012, con una nueva etapa de orden institucional, recuperación de infraestructura y reconstrucción del tejido social del club. Ese proceso tuvo continuidad en la actual conducción encabezada por Mariano Moreira, que logró consolidar la actividad deportiva y devolverle al club un lugar activo dentro del calendario regional.

Hoy, el Club Río Mayo mantiene una presencia constante con fútbol infantil, divisiones juveniles, primera, categorías de veteranos +35 y +43, además del vóley y otras actividades que vuelven a convocar a distintas generaciones. Esa vigencia no es casual: es el resultado de décadas de esfuerzo acumulado.

En una historia tan extensa como la del Club Social y Deportivo Río Mayo, es inevitable que queden nombres afuera. Son demasiadas las generaciones, los jugadores, los dirigentes, los colaboradores y las familias que, de una u otra manera, fueron parte de su construcción. Este recorrido no busca cerrar la historia ni establecer una versión definitiva, sino abrirla. Invitar a que cada vecino, cada exjugador y cada familia aporte su mirada y siga completando una memoria que es, esencialmente, colectiva.

Porque el club no fue solo una institución deportiva. Fue, y sigue siendo, un espacio que atravesó la vida de un pueblo entero. Pasaron por sus canchas, por su salón y por sus actividades chicos, jóvenes, adultos y abuelos. Familias completas crecieron alrededor del club, se encontraron, compartieron, celebraron y también resistieron momentos difíciles. Cada etapa dejó huellas, y cada generación encontró en el club un lugar propio.

Y en ese recorrido hay un símbolo que lo resume todo: la camiseta blanca con celeste, que no solo representa una identidad deportiva, sino también la pertenencia a un pueblo de frontera, arraigado en la cordillera, que hizo del esfuerzo y la constancia una forma de vida. En esa camiseta no solo se jugó al fútbol. También se defendió una historia, una identidad y una manera de estar en comunidad.

Por eso, el Club Río Mayo no se explica únicamente por lo que fue, sino por todo lo que sigue siendo y por lo que representa para su gente. Porque más allá de los logros, de las obras o de las competencias, hay algo que se mantuvo intacto a lo largo del tiempo: su capacidad de reunir, de convocar y de darle sentido a la vida colectiva.

Y mientras haya alguien que se acerque a la cancha, que entre al salón o que se ponga esa camiseta, la historia del club no va a terminar nunca. Va a seguir escribiéndose, como siempre, entre todos, a 82 años de aquel 22 de marzo de 1944 que lo vio nacer.

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