a

El actor olvidado de Avanti Morocha: la historia del riomayense que apareció en un hit de millones y nadie nombró

Aunque no fue pensado como el primer corte, Avanti Morocha terminó convertido en un himno imprevisible: sonó en radios, se usó en actos políticos —donde llegó a asociarse a Cristina Fernández de Kirchner— y hasta en canchas, donde diversas hinchadas adaptaron su melodía para cantos de tribuna. Pero detrás del videoclip más emblemático de Los Caballeros de la Quema permaneció durante décadas un misterio: la identidad real del actor que aparece en escena y que nunca fue acreditado. Esta investigación —posible solo para quienes conocen su origen— reconstruye una historia que hubiera sido imposible de rastrear desde afuera, y revela por primera vez quién fue aquel protagonista anónimo inmortalizado ante millones.

Cuando Los Caballeros de la Quema lanzaron La paciencia de la araña en 1998, el plan discográfico era claro: el primer corte que debía abrir el camino del álbum era Rajá, rata, un tema potente, directo, pensado para instalarse en radios y marcar el pulso del disco. Ese era el “hit programado”. Pero la historia, como suele suceder cuando una canción conecta con algo más profundo que la estrategia, tomó un giro inesperado.

Sin grandes anuncios, casi por contagio emocional, Avanti Morocha empezó a circular de manera orgánica. Primero tímida, casi como un secreto que se pasa de oído en oído. Después como una pequeña obsesión radial. Y, finalmente, como un fenómeno. La gente la pedía. La buscaba. La cantaba sin haber visto nunca el disco. Avanti Morocha superó al corte oficial, al marketing y a cualquier plan previo. Se volvió indispensable.

Esa fuerza popular obligó a la producción a moverse rápido. Iván Noble estaba trabajando en Mar del Plata cuando empezaron los llamados urgentes: había que filmar un videoclip sin demoras, ponerle imágenes a una canción que ya caminaba sola. La productora Leatherface armó un casting veloz, casi de emergencia. En ese casting apareció un joven que nadie conocía y que el país entero iba a ver sin saber su nombre.

Screenshot

Ese actor era Leonardo Ramírez, nacido en Río Mayo, un pueblo que por entonces no superaba los 3.000 habitantes. Hoy ronda los 4.000, pero su escala humana sigue siendo la misma: chica, cercana, donde todos se conocen por nombre y por historia. Y allí, en ese rincón patagónico, había crecido Leo.

Su infancia tuvo el sello del pueblo: la escuela, las calles de ripio, los inviernos ásperos, el boxeo que veía practicar a su padre y también la equitación, actividad que hacía en las instalaciones de Gendarmería Nacional, donde los chicos de Río Mayo aprendían a montar, a amar a los caballos y a moverse en ese paisaje amplio y duro que enseñaba más que cualquier manual. Ese mundo —entre monturas, guantes de boxeo, caballos, máquinas de cortar pelo y un viento áspero que no se olvida— fue el paisaje emocional que lo moldeó desde chico.

Y ahí aparece una figura central: su padre, Ramón “Peluca” Ramírez. En Río Mayo, decir su nombre es evocar a un hombre que ya no está pero cuya presencia sigue viva en la memoria colectiva. Peluca tenía su peluquería en el pueblo y también cortaba el pelo en el antiguo Regimiento de Infantería como personal civil. Era el mismo Peluca de siempre: atento, sencillo, detallista, capaz de transformar un corte de pelo en un momento de conversación o consejo.

Su verdadero legado, sin embargo, estaba en otro lado: en el boxeo. Entrenó generaciones completas de pibes, enseñándoles técnica, disciplina, respeto y carácter. Y además estaban sus caballos y las carreras cuadreras, pasión que vivía con la misma intensidad con la que entrenaba o cortaba el pelo. Viajes a Facundo, cuadreras improvisadas, caballos que corrían “con el alma”: Peluca era un vecino noble, querido, un formador de vida. Falleció hace años, pero su nombre sigue circulando en las charlas como si aún caminara por las calles del pueblo.

En ese universo creció Leo. Iba a la escuela, salía a la calle a golpe de palmas en la puerta o de llamados desde la vereda, como era la infancia de los pueblos. Sobre esos años dice: “La infancia es muy libre, plena. Es de golpes en la puerta, o de palmas desde afuera. Es salir, es andar, es descubrir un mundo, la vida, amigos. Vivir en un pueblo siempre para mí fue como una de las mejores cosas”.

La geografía también se le quedó adentro. Cuando recuerda Río Mayo, lo hace con una nitidez casi fotográfica: “Tengo como muy nítidas todas sus calles, sus montañas, todo a su alrededor. El recuerdo del ripio, del rancho donde vivía primero, después allá del barrio 50 Viviendas, los amigos, los caballos, el viento, el cielo, el campo. Son muchos los recuerdos, y los tengo muy vívidos siempre. Siempre les cuento a mis hijos”.

La figura de Peluca atraviesa esos recuerdos. No solo como padre, sino como guía. Leo lo define como alguien duro, intenso, pero enormemente formador: “Con toda su brutalidad que también tenía, tuvo otro aspecto más jodido, también tenía esto de enseñarnos a mí y a todos mis otros hermanos de ir hacia adelante, de buscar, de atreverse a pisar en tierras nuevas, de avanzar”. De Peluca heredó un mandato que hoy reconoce como clave: no detenerse frente a lo nuevo, sino explorarlo.

Ese impulso a descubrir se expresó en muchas formas. Una de las primeras fue el caballo. La equitación, las señaladas, las cuadreras, las madrugadas de campo fueron un aprendizaje emocional profundo. “El amor por los caballos, por la equitación, por las carreras, por amansar, es algo que me acompañó desde siempre. Cada vez que subía a un caballo era otro lugar donde yo me sentía libre, donde me sentía que podía con todo”, cuenta. Hoy esa tradición continúa en su hija, a la que él mismo le enseñó a montar y a entender al animal como un otro al que se cuida, no como un objeto que se usa.

También desde chico el boxeo apareció como un lenguaje compartido con su padre. Peluca no solo entrenaba a otros: también le enseñó a Leo a subir al ring, a medir distancias, a entender que el combate no es solo golpes, sino respeto, defensa y control. Con el tiempo, ese vínculo con el boxeo se volvió una matriz ética: “El boxeo genera disciplina, además de un montón de cosas que te sirven para la vida, como el compañerismo, el no usar la mano. En los momentos en que hacés sparring también cuidás al otro. Estás haciendo trabajar al otro y el otro te está haciendo trabajar a vos”.

Entre el ring, las montas y la escuela apareció otra semilla: el teatro. La primera chispa fue en Río Mayo, con las obras que impulsaba Ana María Herrera, mamá de Sebastián Rossi. Eran puestas precarias en términos de producción, pero enormes en algo mucho más importante: la posibilidad de decir, de expresarse. “Nos motivaban y siempre quedamos muy prendidos de eso. Había algo ahí que se producía que nos conquistaba. Me llenaba, me ponía en otro lado, me permitía descubrir otras partes de mí”, recuerda. De ese pequeño escenario de pueblo salió el deseo que, años después, lo llevaría a probar suerte en Buenos Aires.

Muy joven se fue a la ciudad. Primero al conurbano, a Berazategui, donde el barrio —con primos, amigos, fútbol en la calle y esquinas de encuentro— funcionó como una especie de extensión ampliada del pueblo. Después, ya decidido a dedicarse a la actuación, se acercó a uno de los grandes maestros del oficio: Norman Briski, actor, dramaturgo y director de escena fundamental del teatro argentino. Leo llegó sin plata, pero con una propuesta frontal. “Yo no tenía un mango, había que pagarle. Me presenté frente a él y le dije: vengo del interior, de Río Mayo, no tengo un mango, quiero ser actor, quiero estudiar con vos, decime qué puedo hacer para pagarte las clases”. Briski lo miró de arriba abajo y le dijo: “Bueno, venite el jueves y vamos a arrancar”. Leo se quedó tres años, primero como alumno y después trabajando con él. Define esa etapa como una aventura, una revelación.

Así llegó al mundo de los castings, ese territorio donde el talento es apenas una parte de la ecuación. “Descubrí que los castings tampoco dependen de tu talento solamente. Dependen de un montón de cosas. Finalmente tu talento es el 20% de todo lo que buscan. Es algo bien complejo y muy frustrante. Tenés que trabajar mucho sobre esas frustraciones de que todo el tiempo te digan no, no, no”, explica.

En ese circuito, un día apareció el llamado que lo llevaría a Avanti Morocha. El camino fue lateral, familiar. Su hermana —que en esa época también incursionaba en la actuación— había participado de un videoclip de Los Pericos junto al boxeador Jorge “Karateca” Medina. A partir de ese vínculo supo que la misma gente que había filmado aquel material estaba buscando actores para un nuevo proyecto. Leo mandó su currículum, como hacía siempre. Lo llamaron. El casting, esta vez, no exigía actuar: era de presencia, de ver rostros, cuerpos, gestos. A los pocos días, el teléfono sonó de nuevo: había quedado.

No hubo épica en cómo se lo tomó. Nada de “voy a salir en el video de los Caballeros de la Quema” como un hito vital. “Yo en esas cosas soy muy inconsciente. No es que estoy pensando en qué estoy haciendo. Hago lo mío, que es lo que me encanta, que es actuar, y después me voy”, dice. Recién mucho tiempo después, ya con el tema instalado en la memoria colectiva, se vio a sí mismo en una pantalla de bar, en un café, y se rió al reconocerse empapado por un taxi que se va.

La filmación tuvo su propia magia de artificio. Lo que en el videoclip se ve como una escena espontánea —una discusión de pareja en la calle, ella que se sube al taxi, el auto que arranca y, al pasar por un charco, lo salpica de agua— fue, en realidad, el resultado de una ingeniería simple pero precisa. “Recuerden, eran grandes mangueras que estaban tiradas al aire, tipo manguera de bomberos, entonces caía. Estuvo bueno también esas partes del artificio, de las cosas que vemos después en cámara y que en realidad están resueltas de otra manera. No llueve, ni tampoco capaz que el auto te salpicó, como en ese caso. Fue una linda escena que le metimos ahí un rato de ficción también”, cuenta Leo.

El rodaje lo obligó a ajustar el cuerpo a un lenguaje diferente del teatro. Frente a cámara, cada gesto se amplifica, cada movimiento se vuelve enorme. “Uno viene de un mundo teatral donde es más libre, y frente a cámara los gestos tienen que ser mucho más económicos, porque la cámara expande enormemente toda esa gestualidad”, explica. Ahí descubrió que, a veces, una simple mirada puede disparar en el espectador una pregunta intensa, mientras el actor está pensando en algo tan cotidiano como qué va a comer después del rodaje. El clip de Avanti Morocha, dice, implicó “reajustar algunas cosas de la actuación” en ese paso del teatro al audiovisual.

En el set conoció a los Caballeros de la Quema y a Iván Noble. Con la actriz principal no hubo gran vínculo: con ella “no tuve mucha onda”, sintetiza, más allá del rumor de que era pareja de uno de los músicos. Sí recuerda con más calidez a otra actriz, la chica del taxi en las escenas posteriores, con quien pegó buena relación durante la jornada de rodaje. Todo fue, al final, trabajo puro y duro: llegar, esperar turno, filmar, volverse a casa.

Años más tarde, en el consulado argentino en Nueva York, Leo se cruzó con Noble de nuevo. Lo encaró con su estilo directo: “Boludo, filmamos Avanti Morocha”. El músico lo miró con sorpresa, tardó unos segundos en reconstruir la escena juvenil y luego se rieron juntos del recuerdo. La anécdota terminó con una frase que resume bien la distancia entre el fenómeno y quienes lo hicieron posible: lo demás, como decía Zitarrosa, es puro cuento.

Mientras tanto, la canción había seguido su propio camino hasta convertirse en lo que es hoy: uno de los grandes himnos del rock argentino de los 90. Avanti Morocha supera los 113 millones de reproducciones en YouTube y más de 67 millones en Spotify. Nació como una canción del under rockero y terminó convertida en un símbolo transversal: se la cantó en actos políticos, se la asoció a Cristina Fernández de Kirchner, se la adaptó en canchas, se la hizo bandera de amores rotos y también de lealtades. Cada vez que suena el estribillo, se activa algo colectivo.

Screenshot

Y sin embargo, en ese fenómeno masivo, nadie escribió el nombre de Leonardo Ramírez. No aparece en los créditos del videoclip. No figura en fichas técnicas. No surge en reseñas ni en entrevistas retrospectivas ni en Wikipedia ni en catálogos audiovisuales. El único nombre femenino identificado es el de la actriz Sol Alac. El actor de una de las escenas más recordadas del rock argentino —la discusión en la vereda, la partida en el taxi, el charco que lo empapa— quedó 25 años en un anonimato absoluto.

Ahí es donde esta crónica se vuelve irrepetible.

Este artículo no podría existir si no fuera porque en Río Mayo siempre se supo quién era Leo. Para cualquier periodista de Buenos Aires, la búsqueda hubiera terminado en un casillero vacío: “el actor no está acreditado”. Para el pueblo, en cambio, nunca fue un misterio. Era el hijo de Peluca. El mismo que muchos vieron crecer entre la peluquería, el gimnasio de boxeo y los caballos. El que en 2005 volvió a Río Mayo, visitó escuelas y habló con las y los estudiantes sobre actuación, sobre irse del pueblo y sobre lo que se aprende al volver.

En una de esas visitas, su discurso dejó una marca en quienes lo escucharon. No venía a dar lecciones abstractas, sino a contar una experiencia concreta: irse del pueblo, enfrentar una ciudad como Buenos Aires —“cruel, que te come, que te absorbe, que te exige, y a la vez potentísima, hermosa, poética”— y comprobar que, cuando uno está conectado a su tierra, puede vivir en otros lugares sin perderse. “Cuando uno está conectado a su tierra, a sus lugares, a su gente, después es correrse a otros lugares, como a una ciudad, pero vivir de una misma manera en un lugar más grande”, dice. Lo nuevo, para él, se atraviesa desde la lógica del descubrimiento, no del miedo.

La relación con Río Mayo nunca se cortó, aun con los años y las distancias. “El pueblo está siempre en mí. Mis hijos lo conocen desde mis ojos. El amor por los caballos, por la equitación, por las carreras, por amansar, es algo que me acompañó desde siempre. Aunque haya vivido en París, aunque después haya vivido en Nueva York y haya visto gran parte del mundo, Río Mayo siempre me acompañó, porque soy parte de él y él es parte de mí”, confiesa.

Su presente también habla de esa mezcla de raíces y búsquedas. Hoy tiene 47 años y es padre de tres hijos: Facundo —que está en España y ronda los 26—, Mateo —que estudia en Buenos Aires, con 23— y Chloe, la menor, de 11. Vive en el conurbano bonaerense, donde reparte su tiempo entre varias actividades que se cruzan y dialogan.

Por un lado, sigue vinculado al teatro: actúa, da clases, coordina procesos de formación actoral. Le apasiona la docencia, tanto en la actuación como en el boxeo. “Me gusta mucho la docencia. Descubrí que siempre pude vivir de lo que me gusta. Hago muchas cosas, en todas les pongo valor y siempre voy aprendiendo. Nunca me gustó esa cosa de ‘soy tal cosa y nada más’. Soy muchas cosas”, dice.

También produce y vende su propia charcutería —salamines, bondiolas, jamones crudos— en pequeña escala, una actividad que combina trabajo manual, paciencia y oficio. Y desde hace años se formó como consejero psicológico, con una carrera terciaria que hoy continúa en la universidad para convertirse en licenciado en Trabajo Social. Su foco está puesto en el acompañamiento de personas con consumos problemáticos: drogas, alcohol, juego, alimentación. Coordina grupos, trabaja en equipo con otros profesionales y está proyectando, junto a colegas, una institución que integre deporte, salud mental y arte en un mismo dispositivo comunitario.

Ese cruce de mundos no es casual: es la síntesis de lo que aprendió de chico. “Las grandes enseñanzas de mi viejo tienen que ver con la valentía de dejarlo todo, de salir de uno mismo y ofrecerse hacia un otro. La construcción de un conjunto. Me parece uno de los grandes aprendizajes”, reflexiona. En casa, intenta transmitir algo parecido a sus hijos: “Me esmero en que aprendan a descubrir, que no se pierdan nunca de descubrir en la vida, que no se pierdan nunca de amar, de compartir, de tener al otro. Que puedan vincularse con las cosas que hacen de una manera positiva o altruista”.

El boxeo vuelve a aparecer como matriz de sentido. Además de enseñar disciplina, insiste en que el ring no es solo un lugar de golpes, sino de cuidado. “En el sparring cuidás al otro. Estás haciendo trabajar al otro y el otro te está haciendo trabajar a vos. Eso también les transmito a mis hijos”, cuenta. Durante un tiempo dio clases en clubes de zona norte y hoy lo tientan para volver. Al mismo tiempo, proyecta esa institución donde deporte, teatro y salud mental convivan bajo un mismo techo.

En el medio, la vida lo llevó por ciudades grandes, por viajes largos, por escenas diversas, pero siempre con una certeza: que el pueblo —su pueblo— no es un recuerdo congelado, sino una forma de estar en el mundo. “El pueblo habita en mí y yo habito en el pueblo, aunque esté a grandes distancias”, dice.

Avanti Morocha sigue sonando en radios, plataformas, actos y canchas. El videoclip sigue girando en YouTube como si el tiempo no pasara. En una esquina de esa historia, un joven discute con una chica, la ve subirse a un taxi y queda empapado por un charco que lo salpica. Durante 25 años, para millones, ese actor fue un desconocido absoluto. Para Río Mayo, nunca lo fue.

Se llama Leonardo Ramírez. Es hijo de Ramón “Peluca” Ramírez. Creció entre caballos, guantes de boxeo, viento y ripio. Un día viajó a Buenos Aires con un bolso de sueños, se formó, trabajó, filmó un videoclip que no imaginaba histórico, y siguió su vida. La industria lo olvidó en los créditos. Su pueblo, no.

Esta crónica es, también, una manera de corregir esa omisión. De escribir, al fin, el nombre del actor que estaba ahí desde el principio.

Compartir:
Puntuar Este Artículo