“Las mujeres aportan una sensibilidad especial a la construcción”
Desde Río Mayo a Comodoro Rivadavia, la historia de Gladys Vera (28) es la de una mujer que dejó su zona de confort, estudió trabajando, crió a su hijo a la distancia y rompió moldes en una carrera históricamente masculina para convertirse en Maestra Mayor de Obras.
Uno de los grandes anhelos de Gladys Vera siempre fue estudiar una carrera. Su primera idea era Contabilidad, pero sabía que la universidad no le iba a dejar mucho espacio para trabajar. Entonces buscó una opción que pudiera combinar con su vida cotidiana. “Me incliné por MMO por la cursada más liviana, tipo escuela nocturna. Con el tiempo fui viendo que tiene distintas opciones de salidas laborales, eso me gustó y la seguí hasta recibirme”.
Crecida en Río Mayo, tenía claro que para abrir puertas laborales y “tener un título bajo el brazo” debía salir a buscar oportunidades fuera del pueblo. “A medida que creces y anhelas hacer algo distinto, estudiar, abrirte puertas en lo laboral, empezás a notar que al no haber muchas opciones de carreras terciarias en mi pueblo uno tiene que agarrar coraje y salir a ver las posibilidades en otro lugar”. Comodoro Rivadavia era el destino más cercano y con conocidos que podían ayudarla a conseguir trabajo. Irse significaba estudiar, pero también “sustentarme”.
La decisión de dejar su pueblo quedó grabada con una nitidez que no se borra. “Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Venía pateando lo de irme a estudiar porque allá estaba bien: tenía mi trabajo en el kiosco, vivía con mis padres y criaba a mi hijo que rondaba los 10 años”. Pero había algo adentro que insistía. “Había incomodidad y ganas de hacer algo más”.
Ser mamá joven la había obligado a postergar el sueño inicial de estudiar al terminar la secundaria. “Ese era el sueño ideal, irme con mi mejor amiga a estudiar a la ciudad. Pero me tocó tardar unos años más. Nunca es tarde para estudiar”.
El día de partir, el auto cargado de ropa y cuadernos también llevaba un peso emocional enorme. “Fue un proceso duro, un poco de culpa por irme lejos de mi hijo que optó por quedarse con su abuela. Yo no tenía nada asegurado en la ciudad”. La acompañaba quien era su pareja en ese momento: “Eso también me impulsó a irme porque tenía un apoyo muy grande de parte de él”. Para no quebrarse, quiso despedirse rápido. “Traté de irme para que no me vean llorar, pero no me aguanté: lloré todo el viaje. Esos momentos son los que te dan fuerzas cuando te toca estudiar y esforzarte, sabiendo todo el sacrificio que hiciste; tenés que hacer que valga la pena”.
La ciudad, sin embargo, no fue tan amable como imaginó. “Pensaba que iba a ser más fácil en lo laboral, que iba a encontrar rápido un buen laburo en blanco que me dé la posibilidad y tiempo de estudiar. Pero no fue así”. Trabajó varios años en Rada Tilly, en casas de familia y kioscos. “Cansaban las horas de viaje, trabajaba 8 horas por día y ganaba medianamente. Llegaba a mi casa y me iba a cursar. Esos tiempos fueron agotadores, pero el apoyo de mi ex me ayudó a no bajar los brazos”.
En el aula descubrió un mundo nuevo. “Con el tiempo esa dificultad va disminuyendo: te vas dando cuenta de que las mujeres también podemos trabajar en el rubro que queramos. Solo que hay que forjar carácter para que te respeten y no te pasen por encima. Siempre con respeto hacia el otro”.
Y no estaba sola: en su curso eran seis mujeres. “Muchas ya trabajan en planos de gas, diseño de interiores y empresas constructoras. Siempre me motivan a enfrentar desafíos nuevos e ir adquiriendo experiencia”.
Sobre el trato académico, fue clara: “La mayoría de docentes son hombres y siempre nos trataron de igual a igual, con mucho respeto. Te incentivan a no tener vergüenza y animarte a realizar tareas de todo tipo. Eso es lindo porque te incluyen y enseñan a todos por igual”.
Del Domingo Savio —el colegio salesiano donde cursó— se lleva una calidez que marcó su paso. “Es muy cálido, como una familia. Siempre están pendientes de las necesidades de los alumnos”.
Y entre compañeros, un regalo inesperado: “En especial una amiga que gané con la cursada. Esa amiga que todos los días se sienta conmigo y de la cual aprendo y quiero mucho. Me llevo amigos hermosos; eso cuesta hoy en día en una ciudad tan grande”.
Estudiar lejos de su familia también le dejó marcas profundas. “Lo que dejaste y padeciste —extrañar, el estrés de saber que me pueden estar necesitando— tenía que valer la pena. Lo hice para darle un mejor futuro y estilo de vida a mi hijo”. Los fines de semana de reencuentro eran cortos, pero intensos. “Te hace valorarlos mucho más”.
Hoy trabaja con una diseñadora de interiores: “La acompaño a las obras, hago planos y renders. También hago planos para arquitectos y maestros mayor de obras”. Su horizonte está abierto: “Estoy a disposición de cualquier oportunidad laboral para adquirir conocimientos y experiencias y ser una mejor profesional”.
Por ahora, Comodoro es su base. “Mi hijo ya está escolarizado acá y vive conmigo. Quiero que tenga más a mano las oportunidades que no tuve yo”. Pero no descarta nuevos destinos: “Más adelante, si Dios quiere, me gustaría irme a vivir a otro lado, como la cordillera u otro país. No soy de las personas que les gusta estar mucho en un lugar. El mundo es enorme para quedarse siempre en el mismo lugar”.
Sobre el rol femenino en la construcción, tiene una mirada contundente: “Las mujeres tenemos un ojo más fino para las terminaciones y, al ser las que en su mayoría más tiempo están en casa, sabemos lo que se necesita para sacarle el mayor provecho a una construcción, no dejar espacios muertos y que cada espacio sea funcional”.
Ya con el título en la mano, sus sueños crecen: “Poder adquirir la mayor experiencia y trabajar independiente. También capacitarme en instalaciones de gas, calderas, cálculos estructurales, soldadura. Son cosas que atraen mi atención y me gustaría aprender a fondo”.
A las jóvenes de Río Mayo que desean estudiar, les deja un mensaje que hoy es bandera propia:
“Vayan por sus sueños. No se queden en la zona de confort. Con miedo a lo nuevo, a lo desconocido, con inseguridades y todo lo que conlleva irse lejos también lo hagan. A la edad que sea. Es mejor que pasen los años habiendo hecho eso que querías, y no quedarte con el ‘qué hubiera pasado si’. Si hoy no pueden hacer una carrera, busquen un oficio. Todos tenemos la capacidad de aprender algo nuevo. Nada es imposible con horas de esfuerzo y sacrificio”.
