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Una sociedad que se fragmenta: la recesión que se expande y también golpea a Río Mayo

Mientras la recesión económica atraviesa al país con caída del consumo, cierre de comercios, despidos y salarios que corren detrás del costo de vida, en localidades del interior como Río Mayo comienzan a sentirse con fuerza los mismos síntomas que ya se observan en ciudades más grandes de la región. Menos movimiento comercial, familias que ajustan gastos, trabajadores que intentan reinventarse y una economía cotidiana cada vez más difícil de sostener forman parte de un escenario que invita a mirar con atención qué está pasando realmente en la economía y cómo impacta en la vida diaria de la comunidad.

La situación económica que atraviesa hoy el país no apareció de un día para otro. Muchos de los síntomas que hoy se observan en la calle comenzaron a percibirse durante el último año y se profundizaron con el correr de los meses. En distintas ciudades de la Patagonia, y también en localidades pequeñas como Río Mayo, el movimiento económico empezó a mostrar señales de desgaste: menos consumo, comercios que venden cada vez menos y familias que deben reorganizar permanentemente su economía doméstica.

Un ejemplo claro de ese escenario fue la última temporada turística. En Río Mayo la actividad vinculada al turismo tuvo una duración muy corta y con un nivel de consumo que muchos comerciantes señalan como uno de los más bajos de los últimos años. Pero no se trata de una situación aislada del pueblo. En distintos puntos del país se repitió la misma percepción: temporadas más breves, visitantes con gastos mucho más cuidados y un movimiento económico muy lejos de lo que se observaba en otros tiempos.

La recesión se expresa primero en algo muy concreto: la caída del consumo. Comerciantes de distintos rubros comienzan a notar que las ventas ya no son las mismas y que el movimiento comercial se volvió más lento. Muchas familias concentran sus gastos en lo indispensable: alimentos, combustible, medicamentos y servicios básicos. Otros consumos, que antes formaban parte de la vida cotidiana, quedan postergados o directamente desaparecen.

En ese contexto también aparece un fenómeno cada vez más visible: el uso de la tarjeta de crédito para afrontar gastos diarios. Lo que antes era una herramienta para financiar compras más importantes hoy se utiliza para pagar supermercado, combustible o productos básicos. Cuando llega el resumen, muchas familias se encuentran con dificultades para cubrir esos compromisos y comienzan a aparecer refinanciaciones, pagos mínimos o atrasos. Distintos informes financieros ya advierten un aumento en los niveles de morosidad, un indicador que refleja el deterioro de la capacidad de pago de gran parte de la sociedad.

El impacto también se traslada al comercio. Cuando las ventas caen durante meses consecutivos, los márgenes se achican y sostener la estructura se vuelve cada vez más difícil. En muchas ciudades del país ya se observan cierres de negocios o reducción de personal. En localidades del interior, donde la economía depende en gran medida del movimiento comercial y del empleo local, la caída del consumo se percibe con mayor rapidez, porque cada comercio que vende menos repercute en toda la cadena económica del pueblo.

Río Mayo no escapa a esa realidad. Comerciantes y vecinos coinciden en que el dinero circula menos y que las compras se realizan con mayor cautela. Mientras tanto, el aumento constante de servicios, combustibles y productos esenciales continúa presionando sobre los ingresos familiares.

En ciudades más grandes de la región, como Comodoro Rivadavia, el fenómeno se observa con mayor crudeza. En los últimos meses comenzaron a cerrar comercios con muchos años de antigüedad, negocios históricos que durante décadas formaron parte del paisaje comercial de la ciudad. Cada persiana que baja también implica trabajadores que quedan sin empleo, lo que profundiza un círculo económico complejo: menos empleo significa menos consumo y menos consumo golpea nuevamente al comercio.

A este escenario se suman también los despidos dentro del sector petrolero, una actividad que durante años funcionó como uno de los motores económicos de la región. Cuando las empresas reducen personal, el impacto se extiende rápidamente sobre la economía local.

Muchos trabajadores que quedaron fuera del sistema laboral recibieron indemnizaciones e intentaron reinventarse. Algunos decidieron abrir pequeños comercios o iniciar emprendimientos propios con la expectativa de generar una nueva fuente de ingresos. Sin embargo, el contexto económico vuelve esa apuesta cada vez más incierta. Manejar un comercio implica enfrentar habilitaciones, impuestos, alquileres, servicios comerciales, proveedores y, en algunos casos, empleados. Lo que en un principio parecía una oportunidad termina convirtiéndose en una presión más dentro de una economía debilitada.

Por eso hoy se observa un fenómeno particular: mientras algunos comercios cierran por acumulación de deudas o falta de ventas, otros abren impulsados por personas que buscan refugiarse en una actividad propia. En muchos casos el capital inicial proviene de una indemnización o de ahorros acumulados en otra actividad. Pero no todos logran sostener ese intento. Algunos descubren que el comercio requiere experiencia, estructura y un nivel de consumo que hoy no siempre está presente.

A este panorama se suma además otro fenómeno que comienza a generar tensiones en distintos sectores de trabajo: la expansión de las aplicaciones de transporte. Plataformas como Uber o Didi aparecen para muchas personas que se quedaron sin empleo como una salida inmediata para generar ingresos. Con un vehículo propio y un teléfono celular, algunos comienzan a trabajar pensando que allí pueden encontrar una respuesta rápida a la falta de trabajo.

Sin embargo, con el paso del tiempo muchos descubren que esa alternativa también tiene sus límites. El ingreso diario puede parecer una solución en el corto plazo, pero el desgaste del vehículo, los costos de mantenimiento, combustible, seguros y reparaciones terminan impactando sobre ese ingreso. Cuando el vehículo necesita arreglos importantes, algunos se encuentran con que el capital que habían logrado ahorrar se diluyó en una actividad que no dejó ganancias sostenidas.

A esto se suma además una discusión que ya aparece en muchas ciudades: la competencia desigual con los servicios de transporte tradicionales. Mientras taxis y remises deben cumplir con licencias, habilitaciones, seguros específicos, choferes registrados y una estructura regulada, quienes trabajan mediante aplicaciones muchas veces operan con menores exigencias. Esa situación genera tensiones dentro del propio mercado laboral.

Mientras tanto, distintos sectores de trabajadores también expresan su preocupación. Jubilados, docentes, empleados públicos y personal de seguridad reclaman mejoras salariales frente al aumento del costo de vida. En la provincia del Chubut, por ejemplo, se conoció recientemente que el personal de seguridad recibió un incremento salarial del 3%, un porcentaje que muchos consideran insuficiente frente al ritmo al que aumentan los costos cotidianos.

Los aumentos en combustibles, servicios básicos y alimentos continúan presionando sobre la economía doméstica. La canasta básica muestra incrementos constantes y, al mismo tiempo, las grandes cadenas comerciales aplican una modalidad de cambios permanentes de precios que hace que muchos consumidores pierdan referencia sobre cuánto valen realmente los productos.

Pero quizás uno de los fenómenos más preocupantes que empieza a observarse es el de una sociedad cada vez más fragmentada. En la práctica parece haber dos realidades distintas: quienes todavía logran sostener su economía y quienes empiezan a perderlo todo. Entre ambos extremos, la clase media que durante años sostuvo gran parte del consumo comienza a debilitarse.

Muchos en el interior del país viven además una sensación particular frente a estos procesos económicos. Durante mucho tiempo la crisis parece algo que ocurre lejos, en las grandes ciudades. Desde el sur se la mira por televisión: manifestaciones, conflictos políticos, protestas sociales que aparecen todos los días en las pantallas desde Buenos Aires. Esa distancia genera la sensación de que se trata de una realidad ajena, como si fuera una película que transcurre en otro lugar.

Pero la economía tiene otra dinámica. Las crisis suelen avanzar de manera gradual, extendiéndose lentamente desde los grandes centros urbanos hacia el resto del país. Lo que primero se ve en las grandes ciudades termina, tarde o temprano, impactando también en las economías regionales y en los pueblos del interior.

Ese proceso es el que muchos comienzan a percibir ahora. Lo que parecía una crisis lejana empieza a reflejarse en el consumo, en el comercio local, en las dificultades de las familias para sostener sus ingresos y en un clima general de incertidumbre que se instala lentamente en la vida cotidiana.

En Río Mayo hay además un elemento que muchos vecinos señalan como un problema estructural en este contexto: la ausencia de obra pública. El freno a la inversión pública impulsado desde el gobierno nacional también se traduce en las provincias y termina impactando con más fuerza en las localidades pequeñas. En el caso de Río Mayo, actualmente se ejecuta la construcción de un barrio de 16 viviendas, una obra que claramente no alcanza a cubrir la demanda habitacional ni a generar el volumen de empleo que una comunidad necesita para sostener su economía.

La obra pública, históricamente, fue una de las herramientas que permitía generar movimiento económico en los pueblos del interior: empleo directo, circulación de dinero y desarrollo de infraestructura que acompañaba el crecimiento de las localidades. Cuando ese motor se detiene, el impacto se siente rápidamente.

En este escenario, el municipio de Río Mayo tiene pocas herramientas para enfrentar una crisis de esta magnitud. Una de las respuestas que hoy se implementan son las becas laborales, que oscilan entre 170.000 y 220.000 pesos. Sin embargo, esos ingresos difícilmente puedan reemplazar lo que significaría la generación de empleo genuino o la presencia de obras públicas que permitan dinamizar la economía local.

La falta de trabajo estable termina impactando en muchos otros aspectos de la vida social. Cuando el empleo escasea también se reducen las oportunidades, se frenan proyectos personales y se debilitan las posibilidades de crecimiento de la comunidad.

A eso se suma otro aspecto silencioso: muchas personas atraviesan estas dificultades en soledad. Hay quienes sienten vergüenza de compartir que sus ingresos ya no alcanzan, que su comercio no funciona o que su economía familiar está en problemas. Esa falta de espacios colectivos para expresar lo que ocurre termina generando una sociedad que enfrenta sus conflictos de manera aislada.

El desgaste emocional también empieza a aparecer. Hay personas que han atravesado varias crisis a lo largo de los años y sienten que enfrentan una más. Otras viven esta situación por primera vez y descubren lo difícil que resulta sostener una economía familiar cuando el esfuerzo cotidiano no alcanza.

Así se instala una sensación que muchos repiten en voz baja: la de trabajar cada vez más para obtener cada vez menos. Como si el esfuerzo diario se transformara en una tarea interminable donde se trabaja para pagar servicios, deudas y gastos básicos sin lograr mejorar la calidad de vida.

La recesión, entonces, deja de ser un concepto económico abstracto y se convierte en una realidad concreta que se ve en las calles, en los comercios y en los hogares. Y en ese contexto, Río Mayo tampoco queda afuera de un escenario que atraviesa a gran parte del país y que empieza a plantear una pregunta cada vez más presente: cuánto puede resistir una sociedad cuando el esfuerzo cotidiano deja de ser suficiente para sostener una vida digna.

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