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No seas oveja: mientras discutimos un promedio, nos gobiernan en silencio

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La noticia del “salario promedio más alto del país” no nació para informar: nació para entretenerte, para distraerte y para mantenerte ocupado en una discusión circular. Es un producto. Un contenido diseñado para que te indignes, comentes, compartas, putees un rato —porque sí, la gente putea— y quedes atrapado en una nube digital que otros capitalizan.

Esta gacetilla no apareció de la nada: fue multiplicada en cadena por todos los medios pagados con pauta del gobierno, repetida sin una coma fuera de lugar. Una noticia calcada, clonada, sincronizada. No fue un análisis periodístico: fue un mensaje oficial vestido de titular, replicado por todo el sistema mediático que vive —y respira— de la misma billetera que lo financia.

Lo tiraron como quien tira comida al agua para ver cuántos peces saltan.

Y allá fuimos todos.

Con bronca. Con ironía. Con memes. Con recibos de sueldo.

Felizmente atrapados, aunque nadie lo admita.

Mientras tanto, el algoritmo se relame.

Porque al algoritmo no le importa si vos estás feliz o enojado.

Le importa que vos reacciones.

Le importa que alimentes la máquina.

Y mientras vos hablás, ellos gobiernan en silencio.

Ese es el truco.

La noticia está diseñada para eso.

La gente cae, el algoritmo gana, la protesta queda encerrada en redes…

y nadie, absolutamente nadie, mira lo que pasa detrás de escena.

Después está la pieza que cierra todo este mecanismo como un reloj suizo:

todas las trincheras ideológicas están financiadas por la misma billetera.

Sí.

Lo que leíste.

Ese es el truco maestro.

La jugada perfecta.

La ilusión más efectiva de nuestro tiempo:

la polaridad administrada.

Te lo digo sin moños:

no existe la grieta.

Existe el negocio de la grieta.

Izquierda, derecha, centro, progresismo, conservadurismo…

equipos distintos, dueño único.

Es como el fútbol: vos podés putear al equipo contrario, sentir que sos parte de una identidad, de un escudo, de un relato. Pero si un empresario es dueño de los dos clubes… ¿a quién le importa quién gane?

Todos los gritos terminan en su caja registradora.

Así funciona:

La mano derecha y la mano izquierda movidas por el mismo pulgar.

La centroizquierda y la centroderecha sostenidas por la misma chequera.

La ilusión del antagonismo para mantener entretenidos a los hinchas.

Y mientras la gente canta, discute, pelea, pute*, se insulta…

el dueño de la cancha cobra por todas las entradas.

Por eso la gacetilla funciona:

porque es un capítulo más de esa novela interminable que nos dan para mirar.

Una miniserie diaria en la que vos elegís con qué personaje te sentís identificado y contra cuál te querés pelear.

Pero es ficción.

Un guion.

Porque, en el fondo, esta pieza que parece periodística está hecha para eso: para que te claves una novela. O una miniserie. Una ficción pensada para entretenerte durante horas, discutiendo con tu vecino quién gana más, quién gana menos, quién miente, quién dice la verdad. Hasta puteándose entre ustedes como si fueran protagonistas de una historia que en realidad escribieron otros.

Es un guion pensado para que vos creas que estás opinando, que estás participando del debate público, que tu voz tiene impacto.

Pero lo que decís rebota siempre en la misma pared:

es un grito en la nada.

Una caja de resonancia donde cada uno se escucha solo.

El truco es perfecto:

Te dan una noticia para que discutas la trama, no la realidad.

Te rodean de comentarios para que sientas compañía, aunque nadie se escuche.

Y te encierran en esa novela eterna, capítulo tras capítulo, para que no veas lo que pasa detrás de cámara.

Y mientras vos estás discutiendo un promedio que nunca viste en tu cuenta bancaria,

¿qué está pasando afuera?

Afuera está Red Chamber.

Afuera están los comercios que cierran en cadena.

Afuera está la caída brutal del salario real.

Afuera está la inflación que devora el sueldo antes de que te depositen.

Afuera están los servicios impagables.

Afuera está la deuda.

Afuera está el ajuste silencioso.

Afuera está el aumento del combustible, que ya es un deporte: sube todos los meses, o dos veces por mes, o cuando les pinta. Y nadie dice nada.

Porque mientras vos te peleás en Facebook, ellos aprovechan la oscuridad.

Y mientras la protesta se quede en la pantalla, el poder duerme tranquilo.

Antes, la bronca te sacaba a la calle.

Ahora te saca un comentario.

Antes, la protesta movía cuerpos.

Ahora mueve deditos.

Antes, una injusticia te empujaba a bloquear una ruta.

Hoy bloquea un timeline.

La protesta quedó domesticada.

Encerrada en una pecera brillante.

La ilusión de participar, sin participar de nada.

Pero incluso dentro de este juego perverso, apareció un destello real:

Belén Sánchez, desde Aldea Beleiro.

Lo que escribió Belén partió la gacetilla en dos.

Lo que ella dijo no tiene marketing, no tiene algoritmo, no tiene guion.

Tiene vida.

Vida real.

Su padre cobrando menos de 700 mil.

La leña a 700 mil.

La luz a 150 mil.

Internet satelital a 38 mil.

Trabajos por día para completar.

Una provincia donde el promedio no existe, porque no existe la igualdad.

Belén escribió desde otro planeta dentro del mismo mapa.

Y lo hizo sin querer ser viral.

Por eso fue tan poderosa.

Sin querer, alimentó el algoritmo —porque su comentario explotó—

pero también sin querer desnudó la verdad que nada puede tapar.

Ella vive en la otra punta de Chubut, donde los titulares no llegan, donde los promedios no sirven, donde el costo de vida es una condena geográfica.

Y desde ese lugar diminuto en el mapa pero gigante en dignidad, dijo lo que nadie del poder dice:

Los promedios no te pagan la luz.

Las gacetillas no prenden la estufa.

El algoritmo no alimenta a tus hijos.

La polaridad no te da trabajo.

Las ficciones no te dan futuro.

Su historia —profunda, honesta, brutal— mostró lo que ningún promedio puede mostrar.

Mostró la vida real.

La única que importa.

La única que el poder intenta tapar.

La única que, si se sigue escribiendo, algún día va a romper el algoritmo.

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