El fondo de la olla
Dicen que antes de servir una olla hay que revolverla bien. Porque abajo, en el fondo, es donde se termina asentando todo. Ahí quedan los sabores más fuertes, lo que la superficie no muestra y lo que muchas veces explica realmente cómo se cocinó la comida. Pero también hay otra verdad que cualquiera conoce: si la comida se quemó abajo, conviene no revolver demasiado. Porque cuando el fondo se levanta empiezan a aparecer esos sabores amargos que la superficie venía disimulando.
En política pasa exactamente lo mismo. Y la ratificación de Jorge “Loma” Ávila al frente del Sindicato de Petroleros Privados del Chubut dejó justamente esa sensación. Bastó revolver apenas un poco debajo del discurso institucional para que empezaran a reaparecer los mismos nombres, las mismas relaciones y las mismas lógicas de poder que hace años sobreviven alrededor de la política provincial.
La reasunción gremial se realizó este viernes al mediodía en Kilómetro 5, en Comodoro Rivadavia, durante el acto de asunción del cuarto mandato consecutivo de Jorge “Loma” Ávila al frente del Sindicato de Petróleo y Gas Privado del Chubut. Ahí estaban Ignacio Torres, Jorge Ávila, Miguel “Coné” Díaz, Chito Alarcón, el dirigente nacional de la CGT Cristian Jerónimo, Othar Macharashvili y el intendente de Alto Río Senguer, Miguel Ángel Mongilardi, entre otros. Sindicalismo, poder territorial, operadores históricos, dirigentes reciclados y estructuras políticas confluyendo alrededor de una misma escena. Y esas fotos nunca son inocentes.
En la política chubutense nadie llena un gimnasio solamente para aplaudir a un dirigente. Estas cosas también se hacen para mostrar fuerza, para mandar mensajes, para dejar en claro quién sigue teniendo capacidad de movilización, estructura, contactos y poder de daño. La imagen aérea con cientos de personas no es solamente una postal gremial. Es una señal interna. “Mirá el poder que sigue teniendo Loma”. Ese es el mensaje que se busca instalar hacia adentro del sistema político.
Por eso nadie quiere faltar a esas fotos. Porque el sindicalismo petrolero sigue siendo uno de los grandes ordenadores reales de la política provincial. Gobernadores, intendentes, dirigentes territoriales y operadores históricos lo saben perfectamente. En Chubut hay discusiones que se dan en la Legislatura, otras en Casa de Gobierno y otras directamente en la mesa donde se sienta el poder petrolero. Hay un viejo dirigente político, de esos que ya peinan canas y miran la política desde otra época, que suele repetir una frase incómoda: “¿Cuándo llegará el día en que los gobernantes ganen con la gente y no con los dirigentes?”. La pregunta sobrevuela inevitablemente cuando se mira una escena como esta, porque ahí aparece quizás uno de los grandes problemas de la política actual: la dirigencia terminó construyendo un sistema donde muchas veces el poder se negocia más entre estructuras que con la sociedad misma.
Y ahí es donde la olla empieza a largar olor a fondo quemado. Porque prácticamente a horas de haber acompañado en la Cámara de Diputados medidas alineadas con la política energética impulsada desde el gobierno nacional —y que podrían terminar impactando sobre el bolsillo de miles de trabajadores y jubilados patagónicos por la discusión de Zona Fría— Ávila volvió a subirse a un escenario para hablar de defensa del trabajo, del salario y de los trabajadores como si nada hubiese pasado. Cambió de discurso sin despeinarse y con la gomina todavía firme. Un rato antes acompañando una votación cuestionada por gran parte de la Patagonia; después, otra vez arriba del escenario petrolero hablando de proteger el bolsillo de los trabajadores.
Y aun así el respaldo político siguió intacto. Ni siquiera después de aquel acto del 1° de Mayo en Comodoro Rivadavia, cuando trabajadores afectados por despidos empezaron a hacer sentir reclamos y cánticos mientras el propio dirigente petrolero hablaba desde el escenario central. Ese malestar existe. Está abajo. Late debajo de una cuenca petrolera que atraviesa incertidumbre laboral, reestructuraciones y pérdida de poder adquisitivo. Pero arriba del escenario las reglas son otras. Ahí importan los acuerdos, los alineamientos, la gobernabilidad, la supervivencia política. Ahí las diferencias ideológicas empiezan a hacerse mucho más flexibles. Por eso terminan confluyendo dirigentes que públicamente parecen moverse en universos distintos, pero que puertas adentro comparten la misma mesa cuando la rosca se pone seria.
La presencia de Othar Macharashvili dentro de esa escena terminó generando también otra lectura política difícil de esquivar. El intendente de Comodoro Rivadavia proviene del justicialismo, un espacio que públicamente viene cuestionando los cambios sobre Zona Fría y el impacto que podrían tener sobre la Patagonia. Sin embargo, 24 horas después de la votación en Diputados, ahí estaba también respaldando políticamente a Ávila. Algo parecido ocurrió con Miguel Ángel Mongilardi. El intendente de Alto Río Senguer también apareció dentro de esa foto política y, hasta el momento, tampoco hubo pronunciamientos públicos fuertes respecto de la votación de Ávila sobre Zona Fría.
Y ahí vuelve otra frase de ese mismo dirigente político que ya peina canas: “Si vivimos arrodillados, los vamos a ver a todos grandotes”. La frase describe bastante bien la escena que terminó dejando Comodoro. Porque más que dirigentes yendo a “acompañar” una reasunción sindical, lo que se vio fue una demostración de alineamiento alrededor de uno de los factores de poder más importantes que todavía conserva Chubut. Fueron a mostrar presencia. A dejar en claro que entienden perfectamente dónde sigue estando buena parte de la capacidad de ordenar territorialmente la política provincial.
Y ahí aparece otra discusión todavía más profunda, pero de la que casi nadie habla seriamente. ¿Cómo terminó naturalizándose que el principal dirigente sindical petrolero también sea diputado nacional? ¿Nadie advierte que Ávila está sentado en los dos lados del mostrador? Porque ya no se trata solamente de representar trabajadores. También participa de las decisiones políticas, económicas y energéticas que impactan sobre las empresas, las tarifas y el negocio petrolero. Y ahí la frontera empieza a volverse cada vez más difusa. De día discurso obrero. De noche mesa de poder.
En Chubut eso hace tiempo dejó de ser una rareza. Se transformó casi en una metodología de construcción política. Primero se construye el liderazgo sindical. Después aparece la estructura mediática. La voz del sindicato. El relato permanente. Más tarde llega el salto institucional. La banca legislativa. El cargo político. Y finalmente aparece el círculo completo: el dirigente sindical que ya no solamente protesta desde afuera, sino que también participa desde adentro de las decisiones que afectan al mismo sector que representa. Y eso tiene una consecuencia concreta: el conflicto social se vuelve administrable. Porque cuando el dirigente sindical forma parte del engranaje político, el sistema gana capacidad de contención. Se negocia más rápido. Se baja la tensión antes de que explote.
Ahí aparece otra de las preguntas incómodas que quedaron flotando en la cuenca: ¿de qué terminó sirviendo tener “un hombre nuestro adentro de YPF” si la petrolera igual se fue dejando incertidumbre laboral, pérdida de actividad y una enorme discusión abierta sobre los pasivos ambientales? Porque mientras la cuenca atravesaba despidos, retiros y preocupación social, también empezaron a aparecer discusiones alrededor de los millonarios honorarios del directorio de YPF. Y ahí el nombre de Emiliano Mongilardi —hermano del intendente de Alto Río Senguer y hombre ligado al sindicalismo petrolero— comenzó a circular con fuerza dentro de una discusión que no solamente tenía que ver con números, sino también con algo mucho más profundo: la distancia social que empezó a abrirse entre buena parte de la dirigencia y la realidad cotidiana de los trabajadores.
Porque un trabajador que no llega a fin de mes difícilmente pueda sentirse representado por estructuras que ya viven en otra escala económica, política y social. Y ahí es donde el discurso empieza a perder calle. Porque la tarifa de gas para la gente común no es una discusión técnica. Es la comida, el alquiler, el combustible, el invierno. Y cuando enfrente aparecen estructuras dirigenciales cada vez más mezcladas entre política, empresas, gremios y cargos institucionales, la sensación que empieza a crecer es que muchos ya no viven la misma realidad que dicen defender.
La presencia de Miguel “Coné” Díaz volvió a reforzar todavía más esa lógica. Hace años reaparece hablando de reconstrucción partidaria, cuestionando conducciones y amagando con nuevos armados políticos. Pero en los cafés de la política provincial hay una frase que se escucha seguido: cambian los gobiernos, cambian las camisetas, cambian los discursos… algunos dirigentes siempre terminan cayendo cerca del poder verdadero.
Después apareció Chito Alarcón. Y ahí el fondo de la olla directamente empezó a despegarse. Un dirigente que cumplió condena en una causa vinculada a corrupción y que aun así sigue orbitando alrededor de los espacios donde se construyen acuerdos políticos y relaciones de poder. En cualquier lugar eso debería generar ruido. Acá casi pasa como una escena natural. Porque en Chubut hace tiempo que determinadas estructuras aprendieron a reciclarse solas. Cambian los gobiernos, pero los nombres de fondo siguen apareciendo.
Y las fotos también hablan. Porque hoy el poder ya no se construye solamente con cargos. También se construye con imágenes, selfies, registros de pertenencia y demostraciones públicas de alineamiento. Nadie posa inocentemente en esas mesas. Cada foto deja constancia de relaciones, acuerdos y favores cruzados que después, con el tiempo, también funcionan como facturas políticas. Así se cocina gran parte del poder provincial. A fuego lento.
Porque cuanto más se agranda la distancia entre la dirigencia y la vida cotidiana de la gente, más necesario se vuelve construir relatos prolijos, gacetillas ordenadas y fotos cuidadosamente encuadradas para sostener una sensación de normalidad que abajo, en la calle, hace tiempo empezó a resquebrajarse. Por eso determinadas discusiones casi nunca aparecen desarrolladas en profundidad. Por eso algunas contradicciones se suavizan. Por eso ciertas fotos se recortan. Y por eso también algunas escenas quedan reducidas a una gacetilla limpia sobre inversiones, producción y respaldo institucional, mientras afuera quedan los silencios sobre Zona Fría, los reclamos laborales, las contradicciones discursivas y los actores incómodos que forman parte del mismo ecosistema político.
Porque en el fondo, detrás de las fotos, los abrazos, las gacetillas prolijas y los discursos cuidadosamente editados, lo que aparece es otra cosa: un sistema donde política, sindicalismo, negocios, medios y poder territorial conviven, se necesitan y se protegen mutuamente. Así es como muchos terminan garantizándose gobernabilidad, construcción de poder, privilegios y connivencia política mientras río abajo la sociedad sigue acumulando bronca, descreimiento y distancia con una dirigencia que cada vez se parece más a sí misma.
Las ollas a fuego lento casi nunca hacen ruido. El problema empieza cuando alguien decide revolver.
— Redacción
