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El día que Río Mayo tuvo su Gran Premio

A 76 años de aquella epopeya del automovilismo argentino que atravesó la Patagonia y marcó para siempre la historia del pueblo. Dialogamos en exclusiva con Rodolfo Montenegro, testigo y cronista de un acontecimiento que aún vibra en la memoria colectiva.

El título de esta nota surge de una vieja libreta, escrita a mano con letra firme y tinta azul. En ella, Rodolfo Montenegro, hoy de 89 años —a punto de cumplir 90 el próximo 12 de diciembre—, registró los recuerdos de uno de los días más extraordinarios que vivió Río Mayo. Era noviembre de 1949, y por las calles del pequeño paraje patagónico rugían los motores de los grandes del automovilismo nacional. Por unas horas, el pueblo se transformó en el epicentro de la Argentina.

“Fue una revolución total —dice—. Nadie dormía, todos querían ver pasar a los corredores. Éramos pocos habitantes, pero de pronto el pueblo se llenó de ruido, de gente y de motores.” Tenía apenas trece años cuando vio llegar a Juan Gálvez y a Juan Manuel Fangio, dos nombres que ya eran leyenda. “Llegaron como a las tres de la tarde. Nosotros estábamos en la lomada, en el descenso que viene de Perito Moreno, por la Ruta 40. Había un viento de casi noventa kilómetros por hora y arena por todos lados. Primero apareció la cupé azul: era Juan Gálvez. A los cinco minutos llegó Fangio, en una cupé roja. Era una lucha de gigantes.”

El Gran Premio de la República Argentina de 1949 fue una de las competencias más extensas y duras de la historia del automovilismo. Organizado por el Automóvil Club Argentino (ACA), se corrió entre el 5 y el 27 de noviembre en doce etapas que totalizaron más de 11.000 kilómetros sobre caminos de tierra, ripio, serranías y desiertos. De los 120 autos que largaron desde Buenos Aires, apenas 21 lograron completar el recorrido. Fue la edición más larga y desafiante de todas las disputadas dentro del país.

La primera etapa unió Buenos Aires con Comodoro Rivadavia, en un solo tirón de casi 1.900 kilómetros. La segunda, Comodoro–Río Gallegos, atravesó la inmensidad del sur bajo una lluvia de polvo. La tercera, Río Gallegos–Río Mayo, de 963 kilómetros, traería a los protagonistas hasta la frontera del viento. El tramo siguiente, de Río Mayo a San Carlos de Bariloche, cerraría el paso patagónico antes de internarse hacia el norte.

Esa tercera etapa, la del 10 de noviembre de 1949, quedó grabada en la memoria colectiva del pueblo. “Llegaron como héroes, cubiertos de barro y de viento. Nosotros los chicos esperábamos en la ruta, agazapados detrás de los alambrados, viendo venir la nube de polvo que anunciaba a los corredores.”

El vencedor de la jornada fue Juan Gálvez (Ford), con un promedio de 112,6 km/h, escoltado por Fangio (Chevrolet), y tercero Eusebio Marcilla. En el acumulado general, Gálvez consolidaba su dominio de la carrera que más tarde lo consagraría campeón absoluto. La rivalidad entre Ford y Chevrolet ardía en cada curva, y la Patagonia se convirtió por un instante en tribuna nacional.

En una época sin televisión ni teléfonos, el país seguía la competencia por radio. “Las transmisiones las hacía Luis Elías Sojit —recuerda Rodolfo—, y los datos se los pasaba su hermano Manuel desde un avión Cessna. Cada vehículo tenía el número pintado en grande en el techo. Desde arriba sabían quién venía primero, quién segundo, y Luis lo contaba por LU4 Radio Comodoro Rivadavia. La señal llegaba clarita a Río Mayo.”

Era una Argentina todavía rural, que vivía con intensidad cada paso del progreso. Los autos eran un símbolo de modernidad, pero también de coraje. “Nosotros nos enterábamos por la radio y por la revista El Gráfico. Ahí estaban Dante Panzeri, Borocotó, todos los que sabían de automovilismo. Los leíamos, memorizábamos cada nombre. Y cuando los vimos pasar, ya sabíamos quién era cada uno.”

Aquella tarde de noviembre, entre el polvo y la emoción, Fangio se alojó en el Hotel Covadonga, propiedad de don Víctor Pérez, donde también descansaron otros corredores. Montenegro recuerda una escena entrañable. “Fangio quiso conocer a mi padre político, don Esteban Gillio. Don Víctor le dijo: ‘Vive ahí enfrente’. Fangio cruzó la calle, golpeó la puerta, y mi mamá se sorprendió al verlo parado ahí, un hombre gordito, con poco cabello. Le preguntó por mi padre. ‘Sí, está tomando mate’, dijo. ‘Pase.’ Se sentaron y empezaron a hablar en piamontés. Mi padre era de Ivrea y el padre de Fangio de Galiate. Se entendieron enseguida. Fue un momento simple, humano. Dos hombres del interior unidos por la lengua y la humildad.”

A la hora de los festejos, la carrera dejó postales inesperadas. “Hubo una pequeña reunión en el hotel, porque al otro día partían hacia Bariloche. Tocaron un tango y Daniel Musso sacó a bailar a María Dolores Pérez Marucinia, la hija del dueño. Después salió Fangio y también bailó. Imaginate verlo bailar tango en nuestro pueblo.”

En el taller de don Pedro Gallardo, mecánico chileno radicado en Río Mayo, se vivió otro episodio que mezcló destreza y destino. “Oscar Gálvez rompió el motor de su Ford y don Pedro le hizo una soldadura que rozaba lo mágico. El bloque podía abrirse con el traqueteo de las rutas de tierra, pero aguantó. Gracias a eso, Gálvez llegó tercero a Buenos Aires. Desde Radio El Mundo mandó un saludo público y le envió una maqueta de su cupé número 1, roja, junto con algo de dinero.”

De aquellos días febriles se conserva una fotografía histórica que pertenece al archivo de Rodolfo Montenegro. En ella aparecen Juan Manuel Fangio y Eusebio Marcilla, ambos de pie, junto al vecino riomayense Domingo Arre. Los tres posan frente a una pared rústica, vestidos con ropa de trabajo, sin rastros de artificio ni ceremonia. Detrás, apenas se alcanza a ver parte de un automóvil, testigo mudo de una época donde los fierros y el coraje eran una misma cosa.

En el reverso de la imagen puede leerse la nota manuscrita: “Año 1949 — Gran Premio República Argentina — Turismo Carretera — En la foto, los corredores Eusebio Marcilla y Juan Manuel Fangio — Chevrolet — y vecino de Río Mayo Domingo Arre (en Río Mayo, Chubut, República Argentina).”

La foto no retrata el estruendo de la competencia, sino el sosiego posterior: tres hombres detenidos en el tiempo, uno de ellos el futuro quíntuple campeón mundial, otro el caballero del automovilismo argentino, y un vecino del sur que aún hoy, por medio de la memoria de Rodolfo, los acompaña en la inmortalidad de una imagen.

Rodolfo, con apenas trece años, no se perdía nada. “Fuimos con mis amigos al casino de Gendarmería para ver a Fangio. El cocinero, Bahigorrio, nos dijo que estaba durmiendo la siesta. Mientras esperábamos, un joven se afeitaba frente a un espejo redondo. De repente nos dijo: ‘¿Y al ganador de la etapa no quieren verlo?’. Se dio vuelta con la cara llena de jabón y dijo: ‘Soy Juan Gálvez’. Nos preguntó si siempre había tanto viento en este pueblito. ‘A veces hay un poco más’, le dije, y se largó a reír. Era sensacional, joven, simpático. Me ganó el corazón, aunque yo era hincha de Chevrolet.”

Algunos días más tarde, el propio Luis César Carman, presidente del Automóvil Club Argentino, se interesó por aquel muchacho memorioso. “Yo hablaba de los grandes premios de los años 20. Dije que el primer doble ganador había sido Mariano de la Fuente con un Studebaker, y que Juan Gaudino, con Hudson, ganó tres. Carman le preguntó a don Pérez quién era el muchacho. ‘Montenegro, el vecinito’, le dijo. Entonces respondió: ‘Le voy a hacer un obsequio porque tiene una memoria prodigiosa’. Me regaló un emblema del Automóvil Club Argentino, con la rueda alada, y una tarjeta firmada. Todavía la tengo. Es mi tesoro.”

Así quedó sellado un vínculo entre la historia grande y la historia pequeña, entre el automovilismo nacional y la memoria de un pueblo del sur. “No teníamos teléfono, pero estábamos comunicados con el mundo por la radio, las revistas y la curiosidad. Ese fue nuestro modo de estar en la historia”, dice Rodolfo, con una sonrisa.

El Gran Premio de 1949 concluyó el 27 de noviembre en Buenos Aires, con la victoria final de Juan Gálvez (Ford), seguido por Fangio (Chevrolet) y Eusebio Marcilla. Los registros oficiales marcan un recorrido total de 11.035 kilómetros, un promedio de velocidad cercano a los 107 km/h, y una cifra que dimensiona su dureza: solo el 17 % de los competidores logró llegar a la meta. Para la historia del automovilismo argentino, fue una epopeya técnica y deportiva; para Río Mayo, fue la primera vez que el país entero supo que existía.

Hoy, setenta y seis años después, el eco de aquellos motores sigue resonando en la voz de quien lo vivió. Rodolfo Montenegro no solo fue testigo, sino cronista de su tiempo. Nos recibió en la intimidad de su biblioteca, rodeado de libros, apuntes y recortes que guardan buena parte de la historia regional.

Autor de Aire Patagónico (poemas), Voces del Río Senguer y Cuentan por el Senguer (en coautoría con Galindo Torres), Río, viento y arenales (biografía de los pioneros de Río Mayo), El quinto libro: Chimallén, relatos fantásticos de los pueblos originarios, y Aquella lejana Patagonia, sobre los vecinos fundadores de Alto Río Senguer, Montenegro trabaja actualmente en su séptimo libro, Huellas del pasado, donde rescata la vida de su padre, Germán Joaquín Montenegro, pionero de la región y figura entrañable de la Patagonia profunda.

A punto de cumplir 90 años, continúa escribiendo con la misma pasión de aquel chico que, en 1949, corrió detrás del polvo para ver pasar a Fangio y los Gálvez. Su memoria es patrimonio vivo de Río Mayo, y su palabra, una forma de eternidad. “Lo que más me queda —dice— es que fuimos parte de algo grande. Un día el mundo pasó por Río Mayo, y nosotros estábamos ahí.”

Y mientras el viento vuelve a soplar en la tarde, parece escucharse otra vez el rugido de las cupés del 49, atravesando la estepa. Fue el día en que Río Mayo tuvo su Gran Premio, y el tiempo todavía no logró apagar su sonido.

Redacción: Gustavo Salazar

Archivo fotográfico: Rodolfo Montenegro

Fuente: Diario Río Mayo 1935

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