Río Mayo en crisis: cierres comerciales, empleo en retroceso y una cadena económica que se rompe
El cierre de comercios en la localidad no es un hecho aislado. Detrás de cada persiana baja hay puestos de trabajo que se pierden, consumo que se retrae y una economía local atrapada entre salarios que no alcanzan y costos que siguen subiendo. Aunque los índices oficiales hablen de desaceleración inflacionaria, en la vida cotidiana del pueblo la presión económica no se detiene.
En Río Mayo, la crisis económica empieza a hacerse visible en el corazón mismo del entramado comercial. En las últimas semanas cerraron un restaurante, una pollería, una verdulería y un almacén, dentro de una localidad que cuenta con más de 30 comercios habilitados en distintos rubros. Son actividades de cercanía, esenciales para la vida diaria, que funcionan con márgenes ajustados y dependen directamente del movimiento cotidiano del consumo.
Pero el impacto de estos cierres va mucho más allá del local que baja la persiana. Cada comercio que cierra deja empleados sin trabajo, familias que pierden ingresos y una menor circulación de dinero en el pueblo. En comunidades pequeñas, la pérdida de uno o dos puestos laborales se siente de inmediato: cae el consumo, se dificultan los pagos básicos y se profundiza el golpe sobre los negocios que aún intentan sostenerse.
La baja del consumo es hoy una de las señales más claras del deterioro económico. Comerciantes coinciden en que la gente compra menos y prioriza solo lo indispensable. Los salarios quedaron retrasados frente al costo de vida y eso se traduce en decisiones concretas: menos alimentos frescos, menos lácteos, menos reposición.
Hoy, una canasta básica ronda los 1.800.000 pesos mensuales, un valor completamente desfasado respecto de los ingresos reales de gran parte de la población. Incluso quienes tienen empleo formal no logran cubrir ese monto. El resultado es previsible: recorte de gastos, endeudamiento y priorización de pagos.
Esta retracción del consumo impacta directamente en los comercios, especialmente en los que trabajan con mercadería perecedera. La menor rotación hace que productos con fecha de vencimiento —principalmente lácteos— permanezcan más tiempo en góndolas y heladeras, transformándose en pérdidas directas. Mercadería que se compró, se refrigeró y se sostuvo con costos energéticos crecientes, pero que finalmente no se vende.
A este escenario se suma una presión constante que no se detiene. Aunque desde el discurso oficial se insiste en una desaceleración de la inflación, en el interior la percepción es otra. El combustible aumenta de manera sostenida, los servicios eléctricos y de gas continúan ajustándose y esos costos, inevitablemente, terminan impactando en toda la cadena económica.
Río Mayo depende casi por completo del transporte para abastecerse. La mercadería llega, en gran medida, desde Comodoro Rivadavia, y cada suba del combustible encarece los fletes. Aunque no siempre se trasladen de inmediato al precio final, esos aumentos erosionan la rentabilidad. Muchos comerciantes intentan absorberlos para no perder clientes, pero mes a mes el margen se achica.
En paralelo, se repite otro fenómeno: el uso creciente de tarjetas de crédito para consumos diarios. Alimentos que antes se pagaban en efectivo o débito hoy se compran en cuotas. No es mayor consumo: es una forma de llegar a fin de mes. Los informes bancarios reflejan altos niveles de endeudamiento y dificultades crecientes para cumplir con préstamos personales.
Ese mismo patrón se replica puertas adentro de los comercios. Aumenta la morosidad en las carteras de clientes, se retrasa el cobro del fiado y la caja diaria se vuelve cada vez más frágil, justo cuando los costos no dan tregua. Para muchos comerciantes, el punto crítico llega al momento de pagar sueldos. Con ventas en baja y gastos en alza, sostener empleados se vuelve inviable. Y ante ese escenario, algunos toman una decisión límite pero racional: cerrar antes de seguir endeudándose trabajando.
La cadena es clara y se retroalimenta: cierres comerciales generan desempleo; el desempleo reduce el consumo; la caída del consumo acelera nuevos cierres.
La contracción económica también se refleja en las finanzas municipales. El Presupuesto 2026 expone una paradoja evidente: mientras aumentan impuestos y tasas, el Municipio apela a descuentos por pago anual anticipado para sostener la recaudación. La medida deja al descubierto una dificultad concreta: cobrar en tiempo y forma en una economía con ingresos deteriorados.
Hoy el Municipio sostiene alrededor de 300 becados, con ingresos promedio de 170.000 pesos por quincena. Si bien se trata de una masa salarial relevante, esos montos quedan muy lejos de cubrir una canasta que ronda los 1.800.000 pesos, por lo que el impacto sobre el consumo es limitado. A esto se suma que las compras mayoristas de alimentos para los módulos sociales se realizan fuera del circuito comercial local, impidiendo que esos recursos públicos vuelvan al comercio de Río Mayo y generen un efecto multiplicador.
El mercado laboral local muestra además fuertes asimetrías. Hoy, Orizon se ha transformado en el empleo privado mejor remunerado de la localidad. Fuera de ese caso puntual, el empleo privado aparece atomizado y con salarios bajos. A excepción de Gendarmería y el Ejército, no existen grandes empleadores. Incluso allí, el impacto local es reducido: las propias unidades cuentan con logística estatal para realizar compras mayoristas en Comodoro Rivadavia. Los salarios se pagan en Río Mayo, pero el consumo se realiza afuera, aun incluyendo adicionales por zona desfavorable.
Otro síntoma claro de la crisis es el crecimiento del mercado de segunda mano. En los marketplaces se multiplican publicaciones de muebles, ropa usada, electrodomésticos y artículos de electrónica. Lo que antes era ocasional hoy funciona como una feria permanente, donde se vende para cubrir gastos urgentes.
En paralelo, crece la economía informal. Personas que se quedaron sin trabajo o cuyos ingresos no alcanzan apelan a cocinar y vender tortas fritas, pan casero, empanadas, sándwiches y todo tipo de elaboraciones. No es una elección: es supervivencia. Cada comerciante que cierra, cada trabajador que queda afuera, es empujado directamente a la informalidad. Nadie elige salir del sistema; se sale cuando el sistema deja de cuidar.
Esto genera una tensión evidente. Comerciantes formales que cumplen con habilitaciones, controles, impuestos y servicios compiten en desigualdad de condiciones con una informalidad que crece empujada por la necesidad. Muchos lo describen con crudeza: “es como cazar en el zoológico”. Se controla al que está dentro del sistema, mientras la informalidad avanza sin regulación.
La crisis también alcanzó a la construcción privada, históricamente generadora de empleo indirecto. Cuando las familias podían ampliar o refaccionar sus viviendas, se contrataba mano de obra y el dinero circulaba. Hoy eso casi no ocurre. Sin obra pública y con la construcción privada paralizada, el albañil sale a buscar trabajo para sobrevivir, incluso en los pocos meses del año en que el clima permite construir.
La preocupación no es exclusiva de Río Mayo. En Trelew se desarrollan reuniones entre comerciantes y autoridades, y también hubo encuentros entre cámaras de comercio de Esquel, Trelew y Comodoro Rivadavia, reflejando que el problema es regional.
En Río Mayo, más allá de los índices y los discursos, la economía cotidiana muestra signos claros de agotamiento. Cierres comerciales, desempleo, consumo en caída, informalidad creciente, falta de derrame estatal y privado y un mercado laboral fragmentado forman parte de una misma trama.
Cada persiana que baja no es solo un negocio que se va. Es la señal de una crisis profunda, estructural y todavía abierta, que atraviesa a comerciantes, trabajadores, familias y también al propio Estado local.
